11 jun. 2013

CARTAS AMERICANAS I

¿A cuánto está el kilo?


¿Qué fácil es ver los toros desde la barrera, verdad? Seguro que más de uno pensará esto cuando termine de leer este artículo. Claro que eso sólo pasará si he conseguido lo que quería, de lo contrario no será más que un ejercicio de retórica demagoga, pero eso, tampoco está tan mal, ¿no crees?
La distancia brinda la posibilidad de un análisis más despegado, y desde aquí, desde el otro lado del charco las cosas pintan diferentes. Supongo que si enumeráramos nuestros rasgos como nación, y no me refiero a los hitos históricos sino a cuestiones más emocionales, acabaríamos reduciendo nuestro patrimonio a unos cuantos caracteres comunes. Ingenio, picaresca y valentía. Si nos esforzáramos un poco seríamos capaces de encontrar un par de ellos más, pero como ahora mismo no se me ocurren, y el tesón y el trabajo duro no son dos atributos especialmente españoles, vamos a quedarnos con estos tres, que para el caso nos viene que ni pintados.
Lo del ingenio y la picaresca es indiscutible, somos unos ases del engaño, la mentira, la trampa y la poca vergüenza. Porque hay una picaresca del ingenio,  del te timo haciéndote creer más listo que yo, para que después no te atrevas ni a contar que compraste papelitos de periódico creyendo que un tonto confundía billetes con estampitas de santos. Pero está la otra picaresca, la que no precisa de ingenio, sólo del descaro, la prepotencia y el despotismo totalitarista. Ese ejercicio que nuestros políticos, fiscales y jueces, monarcas y nobles, banqueros, medios de comunicación, sindicalistas y demás prohombres y mujeres del país están haciendo todos los días con tanto entusiasmo, rizando el rizo del más difícil todavía. Nuestra capacidad de asombro es inagotable, aquí no se libra nadie del mangoneo y del tu más que yo. Así que es indiscutible que, de todas todas, la picaresca nos define.
Pero había una tercera cualidad, la valentía. En mi barrio no somos mucho de usar la palabra valiente, y aún menos valeroso. En mi barrio es una cuestión de cojones, de huevos, de testiculina. Y de eso los españoles vamos sobrados ¿verdad?
Pues permitidme que lo dude mucho. Desde aquí, desde la barrera del exilio económico, de la migración a empujones, y no desde el eufemismo hipócrita de la movilidad laboral, veo que el kilo de huevo español baja dramáticamente de valor.
Cuarenta años de dictadura, y treinta y cinco años de pseudo-democracia manipulada desde su gestación por los mismos que vencieron la guerra, han conseguido aborregar a los españoles, amansarlos, hacerlos dóciles corderitos que ni balar saben. Nos han enseñado que no hay mayor virtud que el diálogo, la negociación, la no violencia, la tolerancia, el respeto a los demás… Y nos lo han hecho tragar con un embudo educativo, mediático y cultural perfectamente diseñado para que, cuando ha llegado ya el momento de alzar la voz y el puño, no seamos capaces de hacer ni ruido al chocar las palmas de las manos, y las agitamos como molinillos para que los sordos sepan que aplaudimos.
El kilo de criadillas ha bajado mucho de precio, ya lo creo. En Turquía, en Egipto, en Grecia, en donde quieras, menos donde esta innombrada dictadura nos oprime, la gente salta y se revuelve cuando los pisan. Levantan el puño y si en él hay una piedra, un  palo o una barra de hierro mejor que mejor. En España las manifestaciones son a ritmo de batucada con malabares, porque somos muy ingeniosos y tolerantes. Los políticos no las impiden, pero si exigen que por favor no sean molestas… ¿Una manifestación que no moleste? Una protesta que nadie oiga quieren decir, supongo. Los escraches son nazis, las protestas son nazis, cualquiera que se salga del camino por el que nos han obligado a transitar es un nazi. Un universitario que se lamenta por no poder seguir sus estudios es un nazi. Los jubilados que se quejan porque de su pensión viven sus hijos y nietos en paro son unos nazis. Yo soy un nazi. Los filósofos, los libre pensadores, los pocos periodistas no vendidos, los profesores de institutos y universidades públicas, los seis millones de parados, cualquier que sea el que alce la voz es un puto nazi.  Todo el mundo es nazi menos los que realmente sí lo son. Los que han ingeniado un nuevo orden, un país a dos velocidades, el de ellos y el de los que no pueden ser como ellos.
 ¡Regalamos cojones españoles oigan! ¡Que hay muchos y no los usan!
Políticos que desde otras nuevas siglas intentan participar del festival caníbal de devorar a los votantes desencantados de los otros. ¡No tenéis huevos! Y vuelve nuevamente el discurso maniqueo y adulador, al verbo mínimamente efectista pero sin molestar, sin faltar que después mamá no nos dará pastel de postre. El 15 M, está muy bien, muy bonito, ¡pero no tiene huevos!, así que todos a cantar y a protestar, pero flojito no sea que se despierten los señores que viven arriba. ¿Así que quién podrá defendernos? Las redes sociales son la panacea comunicativa del siglo XXI, pero nos castra las ganas de partir escaparates y quemar bancos, porque una vez desahogados le damos “me gusta” a la foto de nuestra vecina en la playa, y ya está. Así que nadie tiene lo que hay que tener. Ni siquiera los que mandan tiene la valentía de decir públicamente “Sí, somos unos nazis enfermos y ultracatólicos que queremos joderos la vida porque ya está bien de que creáis que por nacer tenéis los mismos derechos que nosotros” ni la iglesia, ni los bancos tienen tampoco huevos. Al final todos somos unos cobardes, unos los que huimos fuera porque lo dimos ya todo por perdido, otros los que se quedan y tragan como patos para que de su hígado coman los que, también como cobardes, se siguen escondiendo bajo el falso velo de la democracia, el estado de derecho, la libertad de expresión y la libertad de culto.

Qué poco me gusta escribir todas estas cosas, que nadie piense que me regodeo en vuestras-nuestras, miserias. Pero todos los días me acuesto esperado despertar con la noticia de que un golpe de estado civil, compuesto de millones de españoles con palos y piedras, ha barrido las calles, los palacios y las iglesias de la mierda que ahora la infecta y una nueva esperanza ha nacido.  Pero, muy a mi pesar, esto no es más que un deseo, por ahora…