22 abr. 2012

QUIERO A MI BATIDORA 2.0



Me estoy cansando.


Pasan los días y pasan las cosas como si con pasar bastará para normalizarlas, para hacerlas nuestras, para compartir la abúlica cotidianidad de los acontecimientos con ellas como si fueran nuestras compañeras de viaje. Las cosas pasan sin que las elijamos, pero les damos cobijo cómo si en el fondo entendiéramos que nada puede ser si no es como es y como se nos está dando. Así que aceptamos ufanos que nos digan cómo tenemos que vivir, con quién debemos reír, con quién llorar y cuáles serán nuestros compañeros de infortunios hasta que, un día, nuestro corazón se pare y muramos. Entonces dirán a nuestros seres queridos que no puedo ser de otro modo, y les dirán cómo tienen que amortajarnos, dónde deben enterrarnos y qué oración entonar para después decirles con qué marca de pañuelos de papel deben sonarse los mocos.
Me estoy cansando. Pero lo que a mí me pase no importa si sólo a mi me ocurre, porque yo no soy nada estando sólo. Aunque la conciencia absoluta de mi realidad no quita merito a mi cansancio.
Estoy cansado de oír clichés que a fuerza de repetirse conseguirán que hasta los sordos los oigan, y peor aún, se los crean. Pero aunque sólo tenga este breve espacio de papel voy a vomitar lo que creo, o más bien lo que ya no me creo…
No me creo que los políticos esté haciendo lo que deban, más bien lo que quieren y les da la gana para hacer el mundo que desean donde nadie pueda moverlos de sus tronos y así engordar a nuestra costa. No me creo que la solución a esta crisis sea  reducir al pueblo al vasallaje y apoyar sin tapujos a quienes nos están hundiendo en la miseria. No me creo el FMI sea una entidad justa y que vele por el beneficio de todos. No me creo que no se pueda acabar con el hambre en el mundo. No creo que los intereses de Repsol en Argentina me afecten ni un ápice y nadie va a conseguir herir mi orgullo patrio con semejantes mentiras. No me creo que por creer que la república es la forma óptima de la democracia me puedan tachar de rojo, izquierdista o revolucionario. No me creo las disculpas del rey. No me creo que disculparse lo haga mejor persona y ni mucho menos mejor rey. No creo que los medios de comunicación sean voceros de la realidad del mundo mas sí de sus propios intereses, por eso no me creo lo que me dicen que pasa en la otra parte del mundo, ni lo que pasa en el pueblo de al lado, ni cómo está la economía, ni qué será tendencia en moda la temporada que viene. No me creo que algún político esté capacitado para hacer recortes en ninguna materia porque viven en la opulencia y bajo ningún concepto nada de lo que hagan les afectará ni a ellos ni a ningún miembro de su familia. No creo que sobren universidades ni titulaciones en España, más bien faltan opciones reales para una Formación Profesional de calidad y con recursos y sobran equipos de fútbol y horas de estúpidas informaciones deportivas en cualquier medio. No me creo que el tratamiento de los deportes institucionalmente y por los medios potencie una educación deportiva ni unos buenos hábitos de vida, pero sí una rivalidad territorial mentecata y alienante que sólo consigue aborregar y embrutecer a todo el que comparte de ella. Me da asco escuchar a alguien decir que es anti-bético o anti-madridista cuando debería ser anti-imbecilidad y no se da cuenta de que se comporta como un cabestro guiado por pastores que le arrean palos y ni se inmuta. Me dan asco los programas del corazón y toda su asquerosa maquinaria de entontencimiento mediático. No me creo que el copago ayude en nada a la mejora de la sanidad. No me creo que matar elefantes ayude a ningún equilibrio biológico. No me puedo creer que aún tenga voz la iglesia para adoctrinar e intentar imponer su criterio a aquellos que, como yo, no creen en sus valores ni comparten su fe. Pero hay siguen desde hace dos mil años. No me creo que por salir de nazareno se sea mejor cristiano. Y No me creo la promesa de un mundo mejor después de la muerte, porque de existir, allí estarán sentados a la diestra del altísimo los padres y abuelos de los cabrones que ahora nos tienen aquí sometidos y lejos de ser el cielo, aquello debe ser aún peor que el mismísimo infierno.

9 abr. 2012

QUIERO A MI BATIDORA 2.0



Yo hago, tu haces, el… ¿mira?


Hace algunos meses, en mi última visita a México con motivo de la celebración del seminario Cómo vivir la Ética de la Fundación Ética Mundial de México, charlaba con los alumnos de secundaria de un instituto de la ciudad de Toluca sobre la importancia que nuestras acciones ejercen sobre los demás. Si pensamos en esto de una forma rápida y poco rigurosa lo primero que nos viene a la mente es aquella frase bíblica tan manida de “No desees para tu prójimo lo que no desees para ti mismo”. Esto no es un mal comienzo, pero nuestra vanidad nos hace creer que aquellas acciones que ejercen alguna influencia sobre los demás son exclusivamente las que ejecutamos con esa intención, ya sea por acción o por omisión. Me explico. Sólo afecta a los demás lo que yo quiero que les afecte porque así soy de chulo. A poco que lo pensemos un poco nos daremos cuenta de que esto es de una simpleza enorme, y más si determinamos la acción como fundamento de una buena conducta, una buena educación o buenos modos. Pensar así es lo que justifica que hagamos las cosas mal a sabiendas cuando nadie nos ve, o peor aún, cuando no reconocemos en el otro a nuestro igual o, aún peor, cuando ni siquiera somos capaces de darle al otro esa categoría, la de “otro”, ¿Acaso se privará un miembro del Ku Klux Kan  de escupir al suelo delante de un niño negro? ¿Y si fuese su hijita blanca y estuviese en el salón de su casa? Esto es una influencia por acción u omisión directa y ejecutada desde una voluntad activa.
Pero nuestras acciones afectan y trascienden de una forma mucho más amplia escapándosenos a nuestra limitadísima capacidad de percepción espacio-temporal. Podemos controlar la horizontal con una limitación visual de unos 130º pero no solemos prestar mucha atención a la vertical por encima de la altura de nuestras narices, y si hablamos del control de nuestra temporalidad mejor nos echamos un rato a reflexionar y como diría Agustín de Hipona “Si nadie me lo preguntan lo sé; pero si quiero explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé.” Nuestra capacidad para determinar nuestra temporalidad se limita al instante preciso en el que miramos el reloj y el siguiente en el que, o ya olvidamos la hora que era, o ya debemos volverlo a mirar porque estimamos que ha pasado demasiado desde la última vez como para poder vivir sin la angustia de no saber en qué momento vivimos.
Hablando sobre estas cuestiones y sobre la responsabilidad innata de nuestras acciones me preguntó una alumna: ¿De qué manera puedo yo influir en nadie si yo no soy nada para nadie, si apenas tengo nueve amigos en Facebook y sólo me hablo con tres? Amén de la tremenda ternura no cabe duda que esta pregunta había salido de su boca con un gran esfuerzo de valentía y arrojo, ya que sabía que más de una risa se oiría al concluir. No recuerdo ya su nombre pero es un reto contestar a alguien que más que una pregunta te está pidiendo ayuda. No recuerdo tampoco cuales fueron mis palabras exactas, ni el tono de mi voz ni de la suya, ni siquiera recuerdo su cara, sólo recuerdo su pregunta como un guante lanzado por una adolescente que no es capaz de encontrar su lugar. Le pregunté por su familia, por el lugar que ella ocupaba en su casa. Me dijo que era la mayor de sus hermanos, la única que había llegado al último curso del instituto. Sin duda le dije que su simple ejemplo era una guía para sus hermanos y que seguramente en su casa sería el referente intelectual cuando alguien no supiera algo. Pero claro con dieciséis o diecisiete años esa respuesta no valía ni para ponerla de estado en su Facebook porque sabía que nadie le daría al “me gusta”. No, así no me convencía ni a mí mismo aunque fuera verdad, aunque a otras muchas personas eso le sería más que suficiente. ¿Cuántas personas en este salón se sienten identificadas con la pregunta de su compañera?, pregunté, y más de veinte adolescentes levantaron las manos. Fíjate, tu valentía al preguntar y sincerarte, lejos de ser motivo de risa, ha influido en tus compañeros, sin proponértelo te has convertido en un referente. ¿Ves?, ya no podrás decir que no eres nada para nadie.

Pero esto es trampa de perro viejo. La primera respuesta era la buena, la otra sólo consiguió hacerla popular unos segundos, en un salón de actos, en la ciudad de Toluca, México.

7 abr. 2012

QUIERO A MI BATIDORA 2.0



Poniendo etiquetas.


Que una persona sea ignorante de tal o cual cosa no debe ser nunca usado como insulto, burla o chanza. Nunca, siempre y cuando no se presuponga este conocimiento como premisa necesaria en el desarrollo de la labor de esta persona. Esto es, si llamo a un fontanero para que me arregle un fuga de agua lo mínimo que se le exige es que sepa de fontanería lo suficiente como para arreglarlo, y si monto en un avión lo que esperamos del piloto es que sepa gobernar la nave lo suficientemente bien como para que yo no me percate de sus deficiencias y me lleve y traiga adecuadamente a mi destino. Si estas personas no saben qué sea la prima de riesgo o que a las alcachofas en algunos sitios las llaman alcauciles no es relevante y, aún siendo ignorantes de semejantes cuestiones, esa no es razón suficiente para reprocharles nada y aún menos si lo acompañan de un sincero “no lo sabía”.
Supongo que hasta aquí todos estamos conformes.
¿Cuándo cabe entonces el exabrupto, ligado a la palabra ignorante? Pues deberíamos hacer dos categorías fundamentales que llamaremos la del “ignorante satisfecho” y la del “ignorante listo”, a continuación las defino:
El “ignorante satisfecho” es aquella persona que llegando a ser consciente de su ignorancia se vanagloria de lo poco que necesita del conocimiento de tal o cual cosa. Este espécimen es muy común y lo podemos encontrar siempre agitando la bandera de su desconocimiento con comentarios como: “Yo no sé qué es eso, ni falta que me hace” o “Llevo toda mi vida sin saberlo y no me voy a preocupar de aprenderlo ahora”. Este tipo de ignorante es al que normalmente se le alude como tonto, paleto, burro, imbécil, estúpido, y demás variantes que suelen llevar a la risa y el desprecio condescendiente de los que están cerca de él, o ella. Suele ser inofensivo y a lo más que llegará es a pavonearse de su ignorancia. Sus aspiraciones son básicas, que su equipo gane la liga, una fiesta para celebrar cualquier cosa, un nuevo peinado… o si es más ambicioso querrá parecerse a Mario Vaquerizo, Kiko Rivera, Belén Esteban, participar en un talk-show televisivo o entrar en la casa de gran hermano. 
El “ignorante listo” es algo más complejo y peligroso. Esta persona suele ser consciente de sus grandes carencias pero sabe disimularlas ante la masa. Le gusta rodearse de “ignorantes satisfechos” que aún sin saber a ciencia cierta qué los une a él, gustan de su presencia porque no representa una amenaza aparente y, como los comprende y adula, no faltarán comentarios de los “ignorantes satisfechos” hacia él o ella del estilo de: “Ese tío es un máquina”, “No veas si sabe la tía” o “Me entero de todo lo que dice porque habla como nosotros”. Claro que en verdad lo que no saben es que el “ignorante listo”, en realidad, no sabe hablar de otra forma, que lo poco que cree que sabe lo repite mil veces de formas diferentes y que ese aspecto de seguridad que irradia no es más que una máscara sustentada sobre los sólidos pilares de su propia ignorancia. ¿Y por qué  es más peligroso? Porque sus miras son más altas y por eso los insultos hacia ellos, una vez descubiertos, suelen ir cargados con mucha más saña. Estas personas suelen aspirar al poder, a dominar no sólo a los “ignorantes satisfechos”, también al resto de individuos que componen la sociedad. Si saben jugar su pocas cartas los encontraremos siendo presidentes de una comunidad de vecinos, hermanos mayores de hermandades, líderes de partidos políticos, opinadores mediáticos, concejales y alcaldes y, por supuesto, presidentes de alguna comunidad autónoma o de gobierno. No hace falta más que dar una ojeada por los grandes dictadores de la historia para encontrarnos con estas personas orgullosas de su poder sustentado en el miedo, la opresión, la incultura, la superstición y el oscurantismo más profundo.
¿Verdad que mientras leías este artículo te venían a la mente nombres y caras de tu entorno cercano y de más allá? Ese es el primer paso, identificarlos, etiquetarlos, el segundo paso aún no lo sé, pero podemos descubrirlo juntos.