18 oct. 2013

CARTAS AMERICANAS. Cara al Sol se come mejor




Se supone que desde la distancia todo debe parecer más pequeño, pero lo que está pasando en España, por muy lejos que uno se quiera colocar, o por muy lejos que a uno lo quieran poner, no deja de ser una enorme bola de mierda que apesta más, y más repulsiva se vuelve a cada instante, sea cual sea la distancia desde la que se observe.
Hace años los agoreros, como nos llamaban los bien pensantes ciudadanos, señalábamos con alarma la laxitud, o más bien la nula disposición, de los poderes en turno en castrar y cercenar de raíz los primeros escarceos de los viejo-fascismos, ya sin antifaz, que asomaban de nuevo los bigotes por los medios de comunicación de masas, amparados bajo la omnipotente libertad de expresión. Hoy los agoreros, como yo, estamos cagados de miedo, mientras el resto de la población bien pensante y ordenada se limita a poner paños calientes sobre la gangrena purulenta y, los más osados, cuelgan algún post en Facebook o recopilan firmas virtuales para que la rancia y nostálgica alcaldesa del pueblo aquel marras, ese que hizo un mercadillo bélico en un colegio público, se disculpe públicamente.
Los nostálgicos del régimen fascista están ahora ilusionados, porque ya no tienen que esconderse, porque ahora son revolucionarios que apestan a naftalina y alcanfor. Han ocupado el lugar combativo y anticondescendiente que ocupaban la ahora falsa progresía de izquierdas y se atreven a moralizar, a dogmatizar  y a pregonar las bondades de la teología neoliberal que está sumiendo a España en la miseria y la desesperanza. Y ahí, precisamente, tienen su caldo de cultivo, y ahí tendrán  su fuerza si no les prendemos fuego y nos deshacemos de ellos como si fuera un jergón hediondo lleno de garrapatas y chinches. Los pobres, los desesperados, los marginados, los amargados, los resentidos, los olvidados, los que no tienen los rudimentos  intelectuales  básicos para ver el gran problema de nuestro país con la perspectiva necesaria, ellos serán los que levanten el brazo derecho y extiendan la mano cara al Sol cuando les pongan un mendrugo de pan negro y una sardina arenque en la mano izquierda.
Europa está en alerta roja intentando apagar distintos frentes fascistas, y como si de un verano seco en Galicia se tratara, apaga fuegos en Grecia, en Francia, en Hungría, en Italia… Pero España, una vez más en su historia, España está demostrando que no es Europa, que  se basta sola para encerrarse en sus propias fronteras y destruir cualquier hálito de esperanza democrática. Nos sumergimos en estériles luchas patrióticas contra  el invasor Inglés en Gibraltar, y de forma más sangrante, aún si cabe, e insultando las inteligencias de todos, en Cataluña contra nosotros mismos. Y cuanto más presume este estúpido y mentiroso gobierno que nos lastima de imponerse contra el independentismo catalán,  más hará él por reivindicarse y más legitimado estará, le pese a quien le pese.
España se desangra y nos desangra a todos los que tenemos el dudoso honor de estar condenados, Génesis 3:19, a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, porque los otros, los que comen jamón y gambas, esos cabrones lo hacen con nuestro sudor también, y así no hay anchura de espaldas que soporte semejante carga. Pero da igual, todo da igual porque la anestesia ya hizo su efecto y todos dormimos el sueño de los necios. ¿Quién le pondrá el bozal a este perro rabioso azuzado por su amo?
Llamadme agorero, o pájaro de mal ahuero, o curvo de infortunios, o portador de desgracias, da igual, pero acordaros de la pobre e infeliz Casandra. Apolo, enamorado de ella, le concedió el don de la predicción, pero cuando esta lo rechazó sexualmente el dios le escupió en la boca y la condenó a que nadie creyera sus predicciones. Y Casandra avisó a sus familiares y conciudadanos de que su ciudad sería invadida y sometida pero nadie la creyó, y Troya cayó bajo el pie de Agamenón. España, ignorante y narcotizada de sí misma, está condenada a repetir su historia, pero no aquella historia dorada y adornada de conquistadores del nuevo mundo, y media Europa, y cuna del Siglo de Oro, no, ¡esa no! Los jóvenes preparados ya se están exiliando, huyen de una galera centenaria y barroca que zozobra mientras los reos, encadenados, y que no pueden abandonar el barco, bogan desesperadamente por mantenerse a flote y no ahogarse. Las cifras que el gobierno se empeña en maquillar son sólo comparables a las de un país que acaba de salir de una guerra o, dramáticamente, que se avecina sin remedio a coger las armas.
¿Nadie me cree verdad?
Pues las fosas comunes ya están reabiertas y recibiendo a sus nuevos inquilinos.  Enfermos condenados a morir por los recortes sanitarios, desahuciados desesperados y agotados que prefieren la muerte a seguir luchando, emigrantes usados y abandonados a su mala fortuna, familias divididas a la fuerza con hijos que padecen la exclusión de la miseria, que no es más que la negación de una esperanza mínima  de ser felices. Uno de cada dos jóvenes lamenta y desespera de su vida, porque de nada sirvieron, ni sirven, sus esfuerzos ni sus ganas de vivir… Y escuchamos impávidos al asesino que dice que consigue trabajo el que se esfuerza, al sicario que alaba la gestión de la sangría y se ufana de las oportunidades y el cambio a mejor de España, al genocida que condena a nuestros hijos a una educación de tercera y quiere borrar de un plumazo la conciencia y la capacidad de pensar, que quiere acabar con la única llama que nos enseña, aún de lejos, qué es la libertad. Nadie podrá poner nuestros nombres en esa tumba, porque nadie se atreverá a recordarlos, porque nadie sabrá escribir y porque escritos, nadie sabrá leerlos.

España, ¿qué mierda es España? Es un cortijo, es un feudo, es un zoológico de animales dóciles, desnutridos y famélicos,  privados de toda esperanza. Y de guardas orondos y arrogantes que han heredado ese puesto y que nadie es capaz de poner en entredicho. Sé que España es más, o eso quisiera creer. Pero desde aquí, desde tan lejos como me encuentro, sólo veo a un país que agoniza medio ciego, ciego porque él sólo se tapa los ojos con su propia bandera; donde unos sólo pueden ver el oro que les enseñan y otros sólo la sangre con la que se alimentan.