17 ene. 2013

QUIERO A MI BATIDORA 3.0


Derecho a ser tonto

A veces tenemos la tentación de hacer el tonto por el ridículo placer de la travesura. Nos gusta acelerar el coche un poco más de la cuenta en ese tramo despejado que ya conocemos, nos llevamos las toallas de algún hotel, quizá se nos caiga al bolso un bonito vaso de cristal de algún bar donde nos acabamos de tomar algo, o nos colamos en otra sala del cine tras acabar de ver la película por la que hemos pagado. Tenemos un sinfín de oportunidades de hacer el tonto y no solemos cuestionárnoslo demasiado. Somos así, primates juguetones, le pese a quien le pese, y por mucho que digamos que no es verdad, si se nos presenta la oportunidad haremos de las nuestras igual que el escorpión pica y la rana croa. Esto, a priori, no tendría más sentido que un par de carcajadas si nos salimos con la nuestra o una cara colorada si nos sorprenden llevándonos el bolígrafo de la oficina de correos, o una multa si la cosa iba por otro lado.
El problema nos alcanza cuando, fuera de toda lógica, intentamos justificarnos. El ser humano es una animal racional… a veces. Pero también tiene cabida la irracionalidad cuando se presenta. La estupidez aparece cuando queremos demostrar que todo lo hacemos premeditadamente porque somos muy listos e inteligentes. Si alguien es capaz de explicarme porqué a unos les gustan las fresas y a otros no, fuera del discurso materialista del dulzor, una alergia, una experiencia de la infancia o unos chispazos en el cerebro, lo voto como presidente de la comunidad, ¡seguro! Las fresas o te gustan o no te gustan, y no hay que justificarlo. Pues las travesuras y tontadas que a veces hacemos son exactamente igual, no tienen justificación ni la merecen. Pero ojo, esto no nos exime de nuestra  responsabilidad.
Pero los seres humanos somos más tontos de la cuenta y estamos demasiado pagados de nosotros mismos como para permitir dejar al azar nuestra animalidad. Así sucede cuando escuchamos justificaciones del tipo “Pues si todos lo hacen yo también”, “todo el mundo tiene derecho a equivocarse alguna vez” “esto pasa hasta en las mejores familias” y demás desatinos que analizados acaban con una sentencia siniestra: “Tenemos derecho a ser tontos”. Y esta frasecita es una perversión sobre la que, sin darnos cuenta, justificamos cosas que ya no entran en el ámbito de la travesura o del tonteo. Exigir un derecho a ser tonto es un insulto a la inteligencia de los demás. ¿No tenemos bastante con hacer el tonto  de vez en cuando como para ahora exigir nuestro derecho a reincidir conscientemente en esta condición? Y si es un derecho, ¿No estamos también excusando sobre esta sentencia nuestra responsabilidad? Nuestro sentido de la autoconservación de la integridad y autojustificación moral no tiene límites, así que hemos descubierto algo más útil que la ya arcaica confesión de las culpas con un sacerdote. “Lo hice porque yo también tengo derecho a ser tonto”. No hijo, no. Exige la sensatez que le digamos a todos los imbéciles que así se justifican. Bastante tienes con hacer el tonto cuando no puedes reprimir al mono cabrón que llevas dentro como para hacernos creer que, además, tienes derecho a ser tonto y justificar así tus acciones.
Porque entre “hacer” y “ser”  existe todo una abismo etimológico que sólo nuestra estupidez es capaz de salvar con singular alegría, pongamos a cada uno el nombre que se merece.  ¿Aún te cuesta ubicar a estos sujetos? Pues recuerda esta máxima, si en una reunión eres capaz de encontrar al líder, al gracioso, a la que lo sabe todo, a la reservada, al religioso o al cínico pero no encuentras al que se hace el tonto… no tengo que terminarlo verdad?

8 ene. 2013

QUIERO A MI BATIDORA 3.0



¿Qué es la filosofía?
Normalmente esta pregunta suele plantearse de dos formas diferentes y por dos tipos de personas igual de dispares. El filósofo la hace de forma retórica, esto es, no espera contestación porque en el fondo lo que pretende es dar él la contestación, hacer una reflexión sobre qué entiende él por filosofía, más o menos como yo estoy haciendo ahora. Y después está el que suele hacer la pregunta como una chanza, este suele preguntar ¿Y para qué sirve la Filosofía? Esta pregunta siempre está cargada de segundas intenciones, y normalmente el que la hace, amén de que sea hecha desde la ignorancia y la necesidad de conocimiento (la menos de las veces me temo), suele esbozar una media sonrisa sardónica, algo así como, “¡Ea! ¡Listo! ¡Contéstame ahora si puedes!”
Y es verdad que como están los tiempos muchas veces contestar a esa pregunta no es nada fácil si no se quiere ser categórico, o demasiado dogmático o, quizá, algo grosero. Más bien suele ser una prueba de paciencia y mansedumbre por parte del pobre filósofo zaherido en su orgullo intelectual. Preguntar a un filósofo para qué sirve aquello a lo que se dedica es más o menos que querer despreciar, desde el más absoluto patanismo analfabeto, el trabajo de cinco mil años de teorías, especulaciones, cavilaciones, disputas, enfrentamientos con los poderes y el inmovilismo intelectual, lecturas intempestivas y entrega al conocimiento por el conocimiento sin otra intención que la de poder comprender un poco mejor cómo funcionan las cosas. No se puede contestar en tres palabras esa pregunta, no es como preguntar para qué sirve una linterna. De la misma manera que no es igual iluminar con esa  linterna a una persona enterrada en el derrumbe de un edificio para poder ayudarla a salvar, que tontear con la misma linterna en un campamento de verano iluminando cuatro culos desnudos para que los pasajeros de un tren de cercanías los vean relucir a su paso. No es la contestación la respuesta, simplemente la respuesta es el hecho de poder formular esa pregunta.
Pero parece que los patanes analfabetos están ganando esta partida que sólo en sus cabezas huecas tiene algún sentido. Eliminar la obligatoriedad del estudio de la filosofía en los planes de estudios de nuestros hijos es acercarnos más y más a una sociedad vacía, desconocedora de su origen, del porqué y cómo pensamos, de para qué sirven las palabras, para qué sirve el diálogo, la reflexión, el enfrentamiento dialéctico… Nada de esto parece que importara ya. Estamos fabricando cáscaras vacías en las  escuelas, en los institutos, en las universidades, cáscaras que tendrán más cascaras vacías cuando sean padres. La cruzada por una deseada laicidad en las escuelas no sólo es quimérica, es blasfema. Cambiar fe por razón es un modelo harto conocido en la Europa de la oscuridad y la inquisición. Hablar de libertad desde el catecismo de un credo religioso es como abogar por el uso de condones caducados y picados para detener las ETS o los embarazos no deseados en los adolescentes. Es un insulto a nuestra inteligencia machacada.
Y parece que callamos como infelices mansos castrados los filósofos. Parece que han conseguido doblegarnos nuevamente. Esta modernidad tecnológica no es más que el espejismo de una razón débil que cree estar a la vanguardia de los tiempos, sin saber que no hace más que repetir un modelo fracasado que nunca nos ha llevado a buen puerto. Por esto, por nuestro orgullo, por nuestro futuro, por los demás y por los que vendrán, es necesaria la filosofía, es útil la filosofía y tenemos la obligación de no dejarla caer nuevamente en el olvido de los tiempos por muy mal que se pongan las cosas. Que se pondrán y todos lo sabemos.