8 ene. 2013

QUIERO A MI BATIDORA 3.0



¿Qué es la filosofía?
Normalmente esta pregunta suele plantearse de dos formas diferentes y por dos tipos de personas igual de dispares. El filósofo la hace de forma retórica, esto es, no espera contestación porque en el fondo lo que pretende es dar él la contestación, hacer una reflexión sobre qué entiende él por filosofía, más o menos como yo estoy haciendo ahora. Y después está el que suele hacer la pregunta como una chanza, este suele preguntar ¿Y para qué sirve la Filosofía? Esta pregunta siempre está cargada de segundas intenciones, y normalmente el que la hace, amén de que sea hecha desde la ignorancia y la necesidad de conocimiento (la menos de las veces me temo), suele esbozar una media sonrisa sardónica, algo así como, “¡Ea! ¡Listo! ¡Contéstame ahora si puedes!”
Y es verdad que como están los tiempos muchas veces contestar a esa pregunta no es nada fácil si no se quiere ser categórico, o demasiado dogmático o, quizá, algo grosero. Más bien suele ser una prueba de paciencia y mansedumbre por parte del pobre filósofo zaherido en su orgullo intelectual. Preguntar a un filósofo para qué sirve aquello a lo que se dedica es más o menos que querer despreciar, desde el más absoluto patanismo analfabeto, el trabajo de cinco mil años de teorías, especulaciones, cavilaciones, disputas, enfrentamientos con los poderes y el inmovilismo intelectual, lecturas intempestivas y entrega al conocimiento por el conocimiento sin otra intención que la de poder comprender un poco mejor cómo funcionan las cosas. No se puede contestar en tres palabras esa pregunta, no es como preguntar para qué sirve una linterna. De la misma manera que no es igual iluminar con esa  linterna a una persona enterrada en el derrumbe de un edificio para poder ayudarla a salvar, que tontear con la misma linterna en un campamento de verano iluminando cuatro culos desnudos para que los pasajeros de un tren de cercanías los vean relucir a su paso. No es la contestación la respuesta, simplemente la respuesta es el hecho de poder formular esa pregunta.
Pero parece que los patanes analfabetos están ganando esta partida que sólo en sus cabezas huecas tiene algún sentido. Eliminar la obligatoriedad del estudio de la filosofía en los planes de estudios de nuestros hijos es acercarnos más y más a una sociedad vacía, desconocedora de su origen, del porqué y cómo pensamos, de para qué sirven las palabras, para qué sirve el diálogo, la reflexión, el enfrentamiento dialéctico… Nada de esto parece que importara ya. Estamos fabricando cáscaras vacías en las  escuelas, en los institutos, en las universidades, cáscaras que tendrán más cascaras vacías cuando sean padres. La cruzada por una deseada laicidad en las escuelas no sólo es quimérica, es blasfema. Cambiar fe por razón es un modelo harto conocido en la Europa de la oscuridad y la inquisición. Hablar de libertad desde el catecismo de un credo religioso es como abogar por el uso de condones caducados y picados para detener las ETS o los embarazos no deseados en los adolescentes. Es un insulto a nuestra inteligencia machacada.
Y parece que callamos como infelices mansos castrados los filósofos. Parece que han conseguido doblegarnos nuevamente. Esta modernidad tecnológica no es más que el espejismo de una razón débil que cree estar a la vanguardia de los tiempos, sin saber que no hace más que repetir un modelo fracasado que nunca nos ha llevado a buen puerto. Por esto, por nuestro orgullo, por nuestro futuro, por los demás y por los que vendrán, es necesaria la filosofía, es útil la filosofía y tenemos la obligación de no dejarla caer nuevamente en el olvido de los tiempos por muy mal que se pongan las cosas. Que se pondrán y todos lo sabemos.

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