11 abr. 2014

"CÓMO FUNCIONA FACEBOOK, O CÓMO LAS OVEJAS SIGUEN SIENDO OVEJAS”


En 1972: Se realizó la primera demostración pública de ARPANET, una nueva red de comunicaciones financiada por la DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) que funcionaba de forma distribuida sobre la red telefónica conmutada. El éxito de ésta nueva arquitectura sirvió para que, en 1973, la DARPA iniciara un programa de investigación sobre posibles técnicas para interconectar redes (orientadas al tráfico de paquetes) de distintas clases.
Para este fin, desarrollaron nuevos protocolos de comunicaciones que permitiesen este intercambio de información de forma "transparente" para las computadoras conectadas. De la filosofía del proyecto surgió el nombre de "Internet", que se aplicó al sistema de redes interconectadas mediante los protocolos TCP e IP.
INTRODUCCIÓN
Internet nació de la necesidad de comunicación entre computadoras para ahorrar costes de duplicidad de equipos en el ámbito de la investigación informática profesional, en un principio, entre determinados colectivos separados geográficamente. De aquí dio el salto inmediatamente al ámbito de la comunicación personal y lúdica de la mano del desarrollo de más y más tecnologías on-line que fueron enriqueciendo y aumentando el grueso del mundo digital. Paradójicamente el uso de los primeros correos electrónicos ya se había desarrollado en 1961 aunque la “@” no se empezara a utilizar hasta 1971.
Pero el ser humano no evoluciona con la rapidez que lo hace el mundo virtual. El ser humano tiene la misma estructura y composición biológica y cerebral desde hace doscientos mil años, como bien nos recordaría el filósofo José Antonio Marina. Esto es, somos, básicamente, hombres de las cavernas con computadoras y smartphones de última generación; pero trogloditas al fin y al cabo.
Y como hombres primitivos que somos, seguimos rigiendo nuestra conducta, sin ser conscientes de ello en la mayoría de la ocasiones, por una serie de canales y necesidades que no han cambiado mucho en los últimos milenios. ¿Cómo afectará este particular al modo de uso de las redes sociales, tan artificiales a nuestra anatomía cerebral como un tercer brazo? ¿Habremos desarrollado las habilidades suficientes para hacer uso de las mismas sin riesgo? ¿O son estas nuevas herramientas las que nos están obligando a cambiar? y si esto así ¿lo conseguiremos? ¿O la ilusión de la comunicación universal esconde intereses que desconocemos, o no queremos darnos cuenta? ¿Es el mundo virtual un correlato del mundo real y físico?
Muchísimas son las dudas que pueblan este nuevo mundo virtual, pero no queramos ver en estas dudas un ejemplo arquetípico de misoneísmo. El miedo a lo nuevo no debe ser el motor de esta reflexión, sino la duda razonable y metódica que nos invite a saber exactamente a qué nos enfrentamos. Constantemente hacemos uso de las novedades tecnológicas sin saber cómo funcionan en sí. Encendemos la luz sin saber a ciencia cierta cómo funciona el flujo de electricidad que recorre el cable de cobre hasta la bombilla, y aceptamos simplemente que funciona y nada más. Allí donde antes dirían magia nosotros sabemos que es ciencia, aunque no sepamos explicarlo. ¿Pero, y si en el invento de las redes sociales hubiera en juego otros factores que se nos escaparan de las manos, no sólo desde un punto de vista tecnológico? ¿Y si hubiera un trasfondo psicológico, o antropológico, que debiéramos conocer claramente y que estamos pasando por alto?
¿QUÉ PUEDE APORTARNOS UN PENSAMIENTO AUTÓNOMO Y CRÍTICO RESPECTO A LAS REDES SOCIALES?
Intentemos acercarnos a nuestro objetivo desde una metodología sencilla pero eficaz. La pregunta y la duda, el pensamiento crítico que no deja al azar, o a lo dado por hecho, el actuar libremente. Pensar que las cosas son porque son, porque siempre han sido, o porque alguien nos dijo que se enteró que eran así, es la mejor manera para seguir pensando que la Tierra es plana y que tras la línea del horizonte habitan monstruos arcanos que devoran a los marineros que osan adentrarse en esas negras y frías aguas.
Si como “animales humanos” no nos situamos en el pensamiento crítico y autónomo; del binomio sólo nos corresponderá lucir para nuestra vergüenza el sustantivo “animales”. Desde hace 200.000 años el ser humano se ha esforzado en aportar soluciones a sus dudas y miedos. Primero desde la interpretación de la naturaleza como un elemento vivo y mágico cargado de fuerzas desconocidas. Posteriormente desde la creación de mitos dependientes de entidades a las que se dotó de poderes, aún teniendo aspecto de hombres y todas sus debilidades de carácter. Posteriormente reduciendo todos estos dioses a uno sólo omnipotente, omnipresente y omnisciente en la cultura occidental. Y finalmente, y tras 2500 años de desarrollo del pensamiento filosófico-científico, lo que para Newton era la Filosofía Natural, el “animal humano” descubrió que con su sola razón, la observación, y la experimentación, podía deshacerse del pensamiento mítico que durante 200.000 años lo acompañó para poder interpretar la naturaleza y, ahora sí, modificarla y expandirla más allá de sus fronteras redundantemente naturales.
Así que usemos la pregunta filosófica por excelencia ¿por qué? ¿Por qué de la existencia de las redes sociales? ¿Por qué tienen tanto éxito? ¿Qué consecuencias tiene este auge de las redes sociales en todos los aspectos posibles, sociales, personales, mercantiles, tecnológicos, etc...? Y finalmente, ¿Cuál es el uso óptimo que debemos dar a esta herramienta?
¿POR QUÉ DE LA EXISTENCIA DE LAS REDES SOCIALES?
Muchas pueden ser las razones para que un invento funcione y otras muchas, de igual manera, para que fracase. Los aztecas gustaban del juego de la pelota con fruición, así pues para ellos la forma circular era más que conocida y sabían de su facilidad para rodar, de hecho esa forma era muy utilizada en otros menesteres, pero jamás se plantearon el uso de la rueda como elemento que facilitara la motricidad, más allá de algunos juguetes infantiles. La unión de los factores no fue suficiente para hacer saltar la chispa creadora.
Así pues para el desarrollo de las redes sociales se tuvieron que encontrar dos factores fundamentales; las circunstancias tecnológicas suficientes para el desarrollo de las mismas y el interés manifiesto de desarrollarlas utilizando las posibilidades técnicas. Y esto que parece una majadería es el “quid” fundamental de todo invento. Recordemos que Leonardo Da Vinci realizó infinitos diseños de maquinas, tanto de guerra, como otros ingenios mecánicos o voladores, y en muchos casos la imposibilidad de la realización de los mismos se debía a la falta de materiales y técnicas de construcción de la época, esto es, había la intención de crear pero no los medios que lo permitieran.
¿Pero era suficiente esta unión de factores para asegurar el éxito sin paragón que las redes sociales han experimentado desde su invención?
Al ingenio tecnológico y creativo se sumaron la predisposición de una generación ávida y conocedora del consumo virtual de nuevas plataformas y productos. Recordemos que ya desde 1990, año de la creación de la mensajería instantánea y de chats ICQ, el uso de internet para cuestiones de comunicación privada se había disparado exponencialmente. A la expansión de ICQ siguieron en 1998 otras plataformas como MSN o YAHOO que también daban servicios de chat, junto al popular servicio de mensajería instantánea. Estos primeros chats fueron en gran medida los impulsores de varios fenómenos que se difundieron de forma asimétrica, los foros, los blogs y los espacios propios o perfiles personales (origen en parte del interface de las redes sociales). Pero la época dorada de los chats culminó con el abuso de los mismos. El más popular y diverso de todos, el chat de MSN, canceló sus servicios a finales de 2003 por, según la versión oficial, la proliferación de redes de pederastas y otros malos usos del servicio. Curiosamente la competencia, YAHOO, mantendría similar servicio de chats durante nueve años más hasta el 14 de diciembre de 2012, un año después a esta fecha MSN también cerraría su popular servicio de Messenger fusionándolo con el más avanzado SKYPE.
Pero el germen de las redes sociales ya estaba sembrado y toda una generación de cibernautas tenían en su memoria la existencia de estas proto-redes desde que se asomaron por primera vez a Internet.
El uso de los foros se popularizó como un espacio libre de comunicación más o menos especializada. Primero, como espacio de encuentro personal para, posteriormente, definirse como espacios para consultas específicas sobre todo tipo de cuestiones. Los Blogs, por su parte, fueron la realización del deseo de publicación de muchos internautas a los que los foros se les quedaban pequeños. En un principio el ansia de interactividad convirtió a los blogs más visitados en generadores de opinión para, poco a poco, tras la irrupción de las redes sociales, quedarse relegados como repositorios de información y soporte gráfico, más que como generadores de controversia.
Pero todos los sistemas de chat y mensajería instantánea ofrecían una posibilidad de auto- publicitarnos. En todos ellos el usuario podía publicar y editar su perfil. En este perfil se podían subir fotos (al principio sólo una), hacer comentarios personales, poner algunas líneas de currículum, y contar en breves palabras lo maravilloso y buena persona que uno era con el fin de que otros usuarios, normalmente del sexo contrario, nos invitaran a unirnos a su chat o a su servicio de mensajería instantánea. ¿Esto ya nos va sonando más verdad?
En el 2003, mismo año de la desaparición del chat MSN, apareció la primera de las redes sociales, tal como hoy las conocemos, MYSPACE. Y se desata la locura de las redes sociales, MYSPACE es un escaparate de promoción muy sabiamente diseñado para tal efecto. Y así multitud de artistas (músicos fundamentalmente) utilizaron esta plataforma para aumentar su popularidad. En 2005 es vendida por quinientos millones de dólares pero la aparición de FACEBOOK en el panorama internacional en 2007 desbancó a MYSPACE y, como todo en el mundo virtual, lo redujo a su mínima expresión, en 2011 MYSPACE fue revendido por treinta y cinco millones de dólares y paso de tener mil seiscientos trabajadores a doscientos. Hoy por hoy MYSPACE está dejando de ser una red social para convertirse en un portal de música.
Aunque los orígenes de FACEBOOK son un tanto caóticos y contradictorios, entre juegos y estrategias para encontrar parejas sexuales, lo que es una realidad es que actualmente cuenta con más de mil millones de usuarios en todo el mundo y es, con diferencia, la red social más activa y rica en cuanto tráfico de información, fotografías, videos y todo tipo de material susceptible de ser subido a la red. Pero la posibilidad del balancear e impulsar un contenido con una clic (ME GUSTA) o una opinión (COMENTARIO) siguen en el germen de FACEBOOK desde su creación, medio ebria, por Mark Zuckerberg hace una década. ¿Pero es el pulgar azul hacia arriba lo que realmente marca la diferencia entre el éxito de esta red social sobre las demás opciones, HI5, TWITTER, MYSPACE... etc? ¿Tanto nos importa lo que piensen los demás de nosotros como para que una séptima parte de los habitantes del planeta tierra participen de este juego virtual? ¿Somos conscientes que cada uno de nosotros aporta un valor de un dólar y medio a una empresa que cotiza en el NASDAQ?
¿POR QUÉ TIENEN TANTO ÉXITO LAS REDES SOCIALES?
Es obvio que el terreno estaba ya abonado para recoger una buena cosecha. La tecnología estaba creada y probada, la necesidad también latía en el ambiente, y toda una generación de jóvenes nacidos en la era virtual y adultos de mediana edad, con suficientes conocimientos informáticos, eran los potenciales clientes de la nueva red social que estaba por explotar. ¿Pero es esto motivo suficiente para, en menos de seis años, seducir a un séptimo de la población mundial? ¿Qué otros resortes despertó FACEBOOK para conseguirlo? ¿Lo sabían sus inventores o fue como el descubrimiento de la penicilina, una acción fortuita en el mejor de los momentos posibles ante las personas que supieron interpretarlo debidamente?
Para analizar este fenómeno analicemos las necesidades del “animal humano” tanto como individuo singular (o que se cree singular) y como colectivo.
LA TRIBU HUMANA
El ser humano no habría salido jamás de las cuevas sin, entre otras muchísimas carambolas evolutivas y azarosas, la capacidad de expresión y la de convivir políticamente. Estas capacidades van mucho más allá de las simples capacidades biológicas, y sus bondades inmediatas. Para que un ser humano se desarrolle en la completa actualización de sus potencialidades es imprescindible que ambas capacidades sean, a la par, necesariamente cubiertas. Esto es, ningún “animal humano” es capaz de dejar de ser animal si no se desarrolla con otros seres humanos que lo enseñen y eduquen, y de los que aprenda a su vez, y que, además, pueda relacionarse con ellos a un nivel de transmisión de pensamientos e ideas abstractas.
Algunas personas se llevarán las manos a la cabeza sólo por haber leído estas palabras. ¿Pero es que está diciendo que un ser humano que no se crie entre humanos deja de ser un ser humano? Pues sintiendo enemistar a los más aprensivos tendremos que decir que en su definición legal no dejará de ser un humano de pleno derecho, pero si en su condición constitutiva. Esto es, tendrá todos los derechos inherentes al ser humano dependiendo del país en el que naciera, pero no actuará como tal, ni podremos tratarlo como tal. Y para ejemplificar este particular recordemos el famosísimo caso de “Víctor de Aveyron” más conocido por el niño lobo o “El pequeño salvaje” por la película del francés Francois Truffaut.
El caso de Víctor no es un caso aislado. Muchos son los casos de niños ferales encontrados pero este caso, por estar especialmente bien documentado merece la pena ser rememorado. Víctor fue encontrado en Aveyron, cerca de los pirineos franceses, estaba desnudo, era 1799. Aparentaba unos doce años y se comportaba exactamente como un animal. No sabía hablar y no hacía otros ruidos más que gruñir, se movía de forma espasmódica y no era capaz de permanecer quieto sin balancearse sobre sí mismo. En un principio lo dieron por retrasado mental o loco, pero un joven doctor se ofreció a educarlo. La labor fue imposible y frustrante. Víctor aprendió a vestirse y poco más, de alguna manera su periodo de aprendizaje había pasado. Su cerebro ya no estaba receptivo. Jamás pudo hablar, y no era capaz de expresar otras intenciones que no fuera las de la autocomplacencia. Siempre intentó escapar, volver a la naturaleza, aunque ya no pudiera ser autosuficiente como antes lo había sido. Víctor murió en 1828 sin jamás pronunciar una oración simple.
Son muy controvertidas las teorías sobre el aprendizaje del habla, pero lo que sí es cierto es que en todos los casos de niños salvajes que se conocen, ninguno fue capaz, no sólo de hablar, si no de formar parte de la sociedad. Sin el contacto de la sociedad, de nuestros congéneres, por muy bárbaros que estos nos puedan llegar a parecer, no dejamos de ser animales, animales inteligentes sí, pero no tanto.
Así pues en nuestra constitución como seres humanos está grabada a fuego la necesidad de pertenencia a la comunidad, a la tribu, pues es la tribu quien nos educa, quien nos protege y a la que debemos, en gran medida, ser como somos. Y qué nos diferencia, fundamentalmente, del resto de los animales; nuestra capacidad aprendida de hablar, de expresarnos mediante un lenguaje articulado capaz de expresar ideas abstractas, situaciones en diferentes tiempos, deseos, miedos, y todo un sinfín de creaciones.
No es de extrañar entonces, que cuando un régimen totalitario desea alienar de su esencia al pueblo al que oprime las primeras libertades que anule sean la libertad de expresión y asociación. Y esto es tan trágico como real. Estas libertades “democráticas” son en realidad necesidades consustanciales y constitutivas de los “animales humanos”. La supresión de estas libertades sume al pueblo que lo padece en la ignorancia, la ignominia, el ostracismo y el sometimiento más servil. Toda revolución ideológica, progresista, social, se ha conseguido de la mano de estas dos libertades desarrolladas en la máxima expresión de su época.
¿Entonces qué efecto tendrá en nosotros la irrupción en nuestras vidas de una herramienta informática que precisamente parece que nos brinda eso mismo, la libertad de expresarnos y la de reunirnos con quien nos apetezca en el ciber-mundo? Euforia, sin duda. Esa es la promesa de las redes sociales, y más especialmente, de FACEBOOK. Euforia ante el espejismo de la libertar de comunicación y asociación a un clic de distancia, sin la necesidad de romper con las barreras de nuestra pereza, timidez o nuestra simple y contundente vagancia.
Decía un refrán oriental que el mal se encuentra en los caminos rectos, porque estos nos llevan sin dificultad, sin trabajo, a donde queremos llegar. Y que debemos procurar los caminos sinuosos y circundantes porque en ellos está el aprendizaje. Gracias a ellos podremos disfrutar con más gusto de nuestros logros... Nada más alejado de nuestra realidad ¿no es cierto? Parece que hemos descubierto la prisa, la inmediatez. Donde antes se imponía la paciencia ahora se impone el “¡Ya!” “Lo quiero para ayer” y claro, las prisas vienen con sus propios tropiezos. No es que seamos descuidados, somos vehementes y no hemos calculado aún el alcance de nuestros deseos.
Una de las consecuencias más conocidas de la unión de estos factores es el “Phishing”, término británico para definir la usurpación de personalidad, tan de moda en las redes sociales. Pero esto es un mal menor que, a lo sumo, sólo acarrea algunos corazones rotos, alguna noche de lágrimas, y para los más sensibles unas cuantas borracheras y visitas al psicólogo. Obviamente esto no es más que una banalización de la cuestión, y de seguro más de uno conoce alguna consecuencia dramática de un caso de phishing, pero insisto, no deja de ser una mera anécdota efectista, los problemas han de venir por otro lado y seguro son más generalizados de lo que creemos o quisiéramos.
 EL ANIMAL HUMANO
Ya hemos visto que las redes sociales han conseguido imbricar profundamente, aunque quizá por mera casualidad, en dos de los aspectos esenciales de nuestra constitución como animales-sociales y comunicativos. Pero salvado ya este aspecto, ¿cómo nos afecta en lo personal, más concretamente en lo emocional, en esa parte tan vital y constitutiva de nuestra identidad?
Nos preguntábamos más arriba sin tan importante era para nosotros lo que piensen los demás, sin tanto anhelamos el reconocimiento público. Para contestar a esta pregunta vamos a rescatar al psicólogo humanista norteamericano Abraham Maslow.
El animal humano ha sido estudiado desde diversos prismas y objetivos durante toda nuestra historia. Biológicamente, fisiológicamente, metafísicamente, desde una visión forense, etc... Pero será Maslow el primer psicólogo que se acerque a la mente de humano sano, no enfermo, para analizarlo y comprender cómo funciona, o mejor dicho, qué lo impulsa a actuar como lo hace. Para dar con la contestación a estas cuestiones desarrolló toda una teoría llamada Psicología Humanista, a medio camino entre el conductismo y el psicoanálisis, que ofreció una tercera vía antes no conocida.
Según la psicología humanista, todos los seres humanos albergamos el deseo de poder desarrollar todo nuestro potencial en algún momento de nuestra existencia, esto es, de autorrealizarnos. Pero esta necesidad de autorrealización no es azarosa ni casuística, y responde a un orden jerárquico, más o menos universal en íntima relación a nuestro modelo cultural y nuestro desarrollo como especie. Esta jerarquización queda perfectamente plasmada en la, ya famosísima, pirámide de Maslow.

Si le echamos un vistazo a la pirámide no necesitaremos gran talento para ver cómo del más elemental nivel al más elevado no sólo hay una evolución histórica, también la hay cultural.
Me resulta complicado imaginarme a un antepasado nuestro huyendo de un dientes de sable por la sabana africana enfrascado en cuestiones y disquisiciones morales. Supongo que Maslow también vería esto complicado. Esta jerarquización de las necesidades va de la mano de la sofisticación cultural y, obviamente en el siglo IV antes de Cristo sería harto complicado que cualquier ateniense de a pie alcanzara el cuarto de los niveles descrito por Maslow. Históricamente éste nivel, por no hablar del quinto y último, estaba reservado a una elite social muy determinada. Si pusiéramos los ojos en la Atenas del siglo IV antes de Cristo sólo pro-hombres como Pericles, algunos deportistas olímpicos o algunos filósofos podrían gozar del respeto, el éxito y el reconocimiento. Aún en pleno siglo XX, con el estallido de los medios de comunicación de masas, este cuarto nivel ha estado siempre al alcance de una minoría. Militares, políticos, literatos, deportistas, gentes del mundo del cine, cantantes, toreros, multimillonarios... seguro que al nombrar esta ristra de “ocupaciones” y “oficios” no faltan ejemplos para rellenar algunas páginas con personajes “famosos” que respondan a estas descripciones. Famosos o celebridades, esa es la palabra con la que definimos a estas personas que gozan de la confianza y simpatía de todos, que son reconocidas, que son exitosas. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez en su vida con ser uno de esos nombres en boca de todos? ¿A quién no le gustaría ser reconocido por hacer tal o cual cosa digna del respeto y la admiración de los demás?
Pareciera que el animal humano llevará a fuego grabada la necesidad de ser “alguien”, de dejar huella en los demás y sobre los demás, y tampoco faltan ejemplos para esto último.
ERGO…
¿Cómo habrá afectado la irrupción de las redes sociales ahora que ya conocemos un poco mejor las causas que nos impulsan a hacer muchas de las cosas que hacemos? Lógicamente la posibilidad de darse uno a conocer y ostentar un número ingente de “amigos” o “seguidores”, sin destacar uno especialmente en nada, ha sido, en parte, acicate suficiente para millones de personas para subirse al carro de las nuevas tecnologías.
Un “me gusta” o un comentario de un “seguidor” nos hace sentir que somos “alguien”. Que existimos, que nos tienen en cuenta, que nos respetan. Tener cuatro millones de “me gusta” o un millar de comentarios de “seguidores” nos hace creer que hemos entrado en el club de los elegidos, en una élite social a la que, por nuestros propios méritos, no deberíamos pertenecer. Pero en el mundo virtual todo cambia, se puede ser un generador de tendencias, aunque sea por repetir eslóganes de otros, imágenes y chistes ya hechos, o repitiendo clichés políticos que sólo buscan el arrebato momentáneo y sentimentalista. El ego es el ego y no tiene paladar que diferencie entre el reconocimiento por nuestros méritos, o nuestros “logros” en las redes sociales. El éxito es éxito ¡y punto!
Y porque en la red social nos encontramos con ese grupo al que necesitamos pertenecer, como bien llevamos en nuestro ADN. Porque en la red social podemos comunicarnos libremente, porque podemos ser nosotros mismos (cosa más que cuestionable), porque en la red social podemos lograr completar ese cuarto nivel del que Maslow nos habla, ese cuarto nivel al que creímos que nunca llegaríamos, esa posibilidad de meternos en el Olimpo de los elegidos. Y todo esto sin tener que salir de casa, si tener que sudar, sin tener que hacer otra cosa más que estar siempre ahí, frente a una máquina alimentando sus tripas con nuestras cosas. Y además, para mayor orgasmo de nuestro onanismo mental que nos hace creernos únicos y, a la vez inteligentísimos, nos entretiene y es “gratis”...
FELICIDADES, ¡TRABAJAS PARA UNA EMPRESA MULTINACIONAL!
Creemos que el uso de las redes sociales se encuentra en el espacio de nuestro ocio y nuestra evasión. Es una herramienta que se nos brinda gratuitamente y nos permite relacionarnos con nuestros amigos y nos aporta reconocimiento, respeto, confianza... éxito. El invento que nos ha regalado el mundo virtual es perfecto, nos completa, se adapta como un guante a las que, como ya hemos definido, son nuestras necesidades primarias como especie e individuos históricos y culturales.
¿Pero qué es una red social a nivel de estructura, al más puro nivel informático, como programa? Si analizamos, por ejemplo, una página personal de Facebook y somos capaces de ver más allá de las fotos y comentarios, más o menos interesantes o acertados, estaremos frente a una página vacía de un editor de textos avanzado que permite cierta interactividad.
Una red social es, básica y groseramente hablando, una página en blanco de Excel a la que vamos dotando de contenidos y, de suyo, sólo tiene publicidad. El esperado efecto del comentario, del “me gusta”, sólo se dará cuando mi cuenta de “amigos” o “seguidores” sea lo suficientemente abultada como para que ante un comentario, o una foto o un video, medianamente aceptable que yo suba, la masa crítica, por pura probabilidad estadística, propicie que suceda el tan esperado acontecimiento. Pero nosotros no somos tontos, así que pronto descubrimos que si queremos más interacción en nuestra página debemos aumentar sensiblemente el número de posibilidades de que esto suceda. ¿Cómo? Pues con más amigos, y alimentando también sus egos por medio de comentarios esporádicos en sus publicaciones. Quid pro quo. Y así entramos en la dinámica, más o menos, adictiva, dependiendo de cada cual, del juego de las redes sociales.
Pero retomemos el concepto de la red social. Nosotros dotamos de contenidos a la estructura hueca de la red. Nosotros propiciamos la interacción y el proselitismo entre nuestros “amigos” y nosotros mismos. Nosotros subimos imágenes de nuestra vida cotidiana, hablamos de nuestros intereses, de nuestras vacaciones, de dónde y con quién nos gusta estar y qué nos gusta hacer. Redactamos nuestras propias crónicas de los hechos que nos perturban, o nos emocionan o nos causan repulsión. Básicamente, si abres bien los ojos, ofrecemos un resumen bastante acertado de nosotros mismos, de nuestras tendencias gustos y aficiones, de nuestros intereses y deseos. Según un estudio del año 2011 de McKinsey & Company un español pasa de media 68 minutos diarios atendiendo a sus redes sociales, ya sea ante una pantalla grande o desde su smartphone. Más de una hora diaria trabajando gratuitamente para una empresa que cotiza en el Nasdaq (la bolsa de valores electrónica más grande de E.E.U.U.). Mil millones de usuarios son “amigos” de alguien mediante Facebook en el planeta tierra. Mil millones que suponen 1.5 dólares por usuario como valor mercantil en su primer día de salida a bolsa.
Así que sin querer darnos cuenta cada vez que actualizamos nuestra red social estamos reforzando, una y otra vez nuestra necesidad de reconocimiento. Pero, además, dotamos de contenidos a una estructura mercantil que sin nuestra participación estaría vacía, hueca y sin valor. Y esto tampoco es gratis. O seremos tan ingenuos de creer que esta empresa, teniendo en su haber la mayor base de datos mundial de clientes de cualquier producto, idea o tendencia, y siendo suyos los derechos de hacer con aquello que subimos lo que quieran, no va a mercadear con semejante información. Esto es, de todo aquello que colguemos, fotos, comentarios, artículos, perdemos la propiedad intelectual. Cada vez que lo hacemos público en la red social nos regalamos un poco a alguien que sabe rentabilizar en dólares ese presente. ¿Así que por qué no exprimir mucho más a la gallina de los huevos de oro?
Todos los usuarios de las redes sociales trabajamos, de forma voluntaria y gratuita, en una empresa multinacional privada que, además, saca partido de nuestras necesidades tan convenientemente saciadas en la propia red. Y nuestro trabajo sí que es gratuito, claro que ninguno nos damos cuenta del negocio porque, aparentemente, en realidad, ni siquiera nos lo hemos olido, ¡y eso que somos tan listos! Nuevamente el animal humano vuelve a hacer gala de su cerebro de hace 200.000 años que se entretiene alucinado disfrutando de los espejitos que ponen ante nuestras narices mientras otros, más listos pero con el mismo cerebro, nos roban algo que es nuestro y no deberíamos haber puesto jamás en venta, por mucho que nos satisficiera fanfarronear.
OK, LAS REDES SOCIALES SON UN NEGOCIO, PERO ESO NO ES MALO DE POR SÍ, ¿O SÍ?
Un cuchillo de punta redonda para untar mantequilla en el pan es una herramienta inofensiva en las manos de la mayoría de nosotros, pero el mismo cuchillo en manos de un talibán con un periodista de la NBC de rodillas y amordazado a sus pies tiene otra dimensión absolutamente diferente. El uso que hagamos de la herramienta es el que determinará el grado de afectación, permisividad e injerencia de la misma en nuestras vidas.
Es obvio que para la red el negocio está servido. La empresa da mantenimiento a una estructura hueca que el sujeto rellena con sus datos personales, su identidad, su privacidad, su intimidad, sus pasiones y vicios, sus ideas políticas... Tiene un espectro de información tal de los sujetos que la componen que su activo es puramente productor, publicidad, encuestas, intenciones de compra, de voto, manipulación de masas, y control e intromisión en la vida privada con los fines de lo más exóticos. Lo que quieran, porque además les dejamos y pareciera que nos gusta. Pero además somos un bien de cambio gratuito, ¿alguien se ha parado a pensar qué significa que desde el momento que publicas una foto en Facebook pierdes todos los derechos sobre la misma? Pues que bien pueden usar una foto tuya con dos copas de más haciendo el tonto, o la tonta, para una campaña en contra del alcoholismo, u otra en la que salgas en la playa en traje de baño para una campaña en contra de la obesidad. Esto es un ejemplo burdo, pero la realidad es que estamos indefensos ante cualquier deseo de utilizarnos a nosotros como bien de cambio, o a nuestros productos.
¿QUÉ SUPONE ESTO PARA EL SUJETO, PARA EL ANIMAL HUMANO?
Ajenos al mero divertimento lúdico que creemos estamos haciendo de la herramienta con el único objeto de saciar los fines ya desarrollados anteriormente, y ya aclarado el afán comercial que encierra toda red social, debemos acercaros un paso más hacia la realidad contingente del animal humano: El sujeto se expone en la red social de forma absoluta. ¿Y qué significa esto?
Es obvio que navegamos con la ingenuidad por bandera en el mundo de las redes sociales. Hasta hoy creíamos que era la solución a muchas de nuestras necesidades. Necesidades de comunicación, de pertenencia a un grupo, de reconocimiento y éxito. Pero hoy nos han recordado que seguimos utilizado un cerebro de hace 200.000 años al que no le ha dado
tiempo de evolucionar convenientemente para poder jugar en igualdad de condiciones en pleno siglo XXI. Un cerebro que sigue actuando en base a unos parámetros anteriores a la última glaciación, que no diferencia con claridad lo virtual de lo real y que esto, muy a nuestro pesar, tiene un coste. ¿Pero qué más arrastramos en esta travesía por aguas ignotas?
NUESTROS “YOES”
Es normal que justo antes de la adolescencia empiece el animal humano a desarrollar las diferentes facetas de la proyección de su personalidad hacia los demás. Lo que antes se hacía por instinto, por precaución, se convierte en este momento en un arma de ocultación y de juego social. En esta edad podemos desarrollar diferentes roles de conducta en virtud de determinadas circunstancias. No somos el mismo “yo” en nuestra casa con nuestros padres, en el colegio ante el profesor o con nuestros amigos, ante la niña o niño que tanto nos gusta y creemos estar enamorados, o en cualquiera sea la tesitura. Habrá quien logre dominar esta suerte de mascaras y habrá otros que, infelices, no sean capaces de desarrollar estas habilidades sociales, es lógico, no todos los seres humanos miden dos metros, ni todos pueden correr los cien metros en menos de diez segundos.
Con los años, y la experiencia, este juego de máscaras se vuelve tan natural y consustancial que rara vez nos lo planteamos ni cuestionamos. Es como respirar, nadie se imagina yendo a comprar el pan a una panadería, que no sea la de toda la vida, e intentar intimar con el tendero, ni siquiera para pedirle el pan fiado. Si alguna vez se dan estas relaciones atípicas que rompen el orden lógico de nuestra conducta suele ser en circunstancias que sabemos únicas y que no se repetirán, al menos junto a la misma persona, como montados en un avión o viajando en un taxi.
Estamos conformes, entonces, que sabemos bien cómo, cuándo y cuánto mostramos de nosotros mismos en virtud de la situación y el grado de relación que se establezca con personas con las que en ese momento nos encontramos.
Así que convengamos en este momento que si nos encontramos en una situación ante desconocidos, o sólo conocidos, podemos decir que mostramos un “yo público”, un yo más o menos discreto con su vida personal que no muestra más que algunos datos singulares sin entrar en grandes honduras. Podemos decir nuestro nombre, a qué nos dedicamos, de dónde venimos, si es que nuestro origen no nos avergüenza, nuestra edad, o algún dato más personal como nuestro estado civil. Pero esa será nuestra zona de confort y sólo si pretendemos conseguir algo más de la situación daremos un paso más allá.
Convengamos también que el “yo privado” es el siguiente paso. Es el “yo”, el “nosotros”, que se relaciona con la familia, con la pareja, con el círculo de amigos. Es el que permite la intromisión (con reservas siempre) en las cuestiones personales. El que pide consejo, el que se atreve a reflexionar en voz alta, a dar una opinión comprometida sin miedo al rechazo. Es el yo que se sabe protegido, más seguro, en una zona de confort relativa. Claro que no exento del conflicto, laboral, familiar o de pareja. Pero en definitiva es donde más cómodos solemos sentirnos pues tenemos la sensación de controlar la mayoría de las variables.
Pero hay otro yo al que no nos gusta tanto mirar. Convengamos, por última vez, que lo llamamos “yo secreto” o “íntimo”. Aquí nos cuidamos muchísimo de dejar entrar a cualquiera. Este yo esconde nuestros miedos y complejos, nuestros secretos inconfesables que no son más que miedos al rechazo, nuestras fisuras y debilidades. Aquí damos visa de entrada a muy poca gente, nuestra pareja en algún momentos si somos afortunados, quizá algún familiar al que
queramos con especial intensidad, o a un amigo o amiga, y con los años este grupo selecto se suele ir enflacando aún más, y nos quedamos solos en ese huequito pequeño, secreto e íntimo al que hasta a nosotros nos cuesta entrar.
¿Pero entiende nuestro cerebro primitivo qué yo debe ponernos en juego en el campo de batalla de las redes sociales?
Las redes sociales parten de una imposición formal y un supuesto teórico.
·  Imposición formal: Debemos, antes de formar parte de la misma y por imperativo “legal”, aportar todos nuestros datos personales. Nombre, edad, estudios, profesión, procedencia, etc...
·  Supuesto teórico: Todas las personas a las que vamos a invitar y las que nos invitan son mis amigos. Así, de un plumazo saltamos del “yo público”, que es el que por la lógica imperante en los últimos 200.000 años debería imponerse; al “yo privado”. Todos son nuestros amigos y además, para colmo de males, toda esa valiosa información que estratégicamente debíamos utilizar en nuestro favor en los pasos previos a dar el salto de un primer “yo” al otro ya aparece en nuestro perfil o biografía. Las redes sociales nos empujan a omitir un paso previo valiosísimo y necesario para nuestra higiene mental. Nos arrojamos a la arena sin un escudo que permita evadir los primeros golpes. Entonces no nos queda otra opción que jugar, buscar la rápida aprobación de nuestros “amigos”, buscamos el “me gusta” la cita y lo demás ya lo conocemos. Obviamente, porque no todos corremos los cien metros en menos de diez segundos, no todos somos exactamente iguales, y no a todos nos impactan las cosas de igual manera. Pero si es cierto que este salto de un “yo” al otro puede provocar en algunos casos que la barrera entre lo privado y lo secreto se disipe peligrosamente y, casi sin darnos cuenta, estemos compartiendo intimidades y miedos que jamás se nos ocurriría compartir en otro ámbito. Y esto sí puede ser muy peligroso. No tanto por el uso o abuso de terceros, simplemente por nosotros mismos, por nuestro delicado equilibrio entre inseguridades y confianza en el que durante gran parte de nuestra vida nos movemos, y más especialmente durante nuestra juventud. Porque durante doscientos siglos nos hemos esforzado en ir vestidos y, amén de cuidarnos del frío o el calor, tapar nuestras vergüenzas, hay que ser de una pasta especial para salir a la calle desnudos o a una playa nudista. De la misma manera no todos están preparados para mostrar sus miedos y complejos a un golpe de click y no sentir en sus carnes, al poco, el golpe de la culpa o la vergüenza.
CONCLUSIÓN-CONFUSIÓN
¿Tan iguales somos, con lo diferentes que nos creemos, para resumir así nuestra conducta? ¿Sabían los que ingeniaron las redes sociales las increíbles variables e hilos que movieron para cosechar el éxito que han cosechando? ¿Tanto nos puede la necesidad de reconocimiento, de éxito, de fama, que estamos dispuestos a pasar horas ante la pantalla con tan de recolectar unos cuantos “me gusta”? ¿Estamos todos preparados para mostrar nuestra privacidad a los demás de forma absolutamente abierta y sin restricciones? ¿Se volverá esta herramienta en nuestra contra? ¿Existen las leyes que nos protejan realmente de un ataque a nuestra intimidad más profunda? ¿Cómo debemos movernos en el mundo de las redes sociales, cuál sería la mejor manera para proteger nuestra intimidad, nuestra higiene mental, y no sufrir repercusiones negativas en un futuro?
Realmente los filósofos solemos inclinarnos más por las preguntas que por las respuestas. Está en la mano, ya, de cada cual extraer sus propias conclusiones.

“Cómo funciona Facebook o cómo las ovejas siguen siendo ovejas”, David Pastor Vico. Revista de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México “Cultura Urbana”, n°48. Diciembre de 2013