30 jun. 2012

QUIERO A MI BATIDORA 2.0



Vida sobre el planeta

 Una de las muy magníficas cosas que la crisis nos ha traído, en este caso se ha llevado, es nuestra preocupación sobre el cambio climático. ¿Increíble no te parece? Quién te iba a decir hace cinco años que el tema recurrente y preferido de disertación y especulación en los medios desaparecería como una pelusa de esas que nos acompañan de bajo de la cama, barrida por el huracán informativo de la precrisis, la crisis y la deseada postcrisis aún por llegar. Barrida por la destructora maquinaria político-bancaría que tan bien se está llevando por delante aquello que los políticos precrisis definían como estado del bienestar…
Ya no hay cambio climático, ¡mire usted qué bien! Y si lo hay a quién narices le importa.
Por escribir esto mismo hace cinco años seguramente se me hubiera caído el pelo a manojitos. Las plataformas ecologistas habrían montado guardia ante la puerta de mi casa para insultarme y tacharme de irresponsable y de asesino de miles de especies animales y vegetales tan sólo con mis palabras delirantes y, seguramente, la redacción del periódico, que ahora tienes entre las manos, tendría que haber hecho un comunicado público afirmando que me acababan de empalar en una antena, para después cortarme a pedacitos menudos y enterrarlos dispersos por la geografía nacional enharinados en cal viva…
Así de listos éramos hace cinco años y parece que seguimos siéndolo igual, o incluso más, ahora. Nada ha cambiado, y si lo ha hecho habrá sido sin duda a peor, pero no nos enteraremos hasta que, como siempre, sea demasiado tarde. Los miedos de hace varios años serán el pavor de los venideros cuando volvamos a comer sin aparentes sobresaltos, sin primas de riesgo sodimizantes, deudas púbicas y demás zarandajas que, no nos engañemos, cada vez nos recuerdan más a los cuentos que nos contaban de pequeños… ¡qué sube la prima de riesgo y el estado no puede vender deuda pública!… y tanto, tanto nos vienen con el cuento que sinceramente, lo han vuelto a conseguir; nos vuelve a importar un pito la actualidad y los problemas del mundo, y el día que una cadena de televisión reponga Kung Fu a la hora de los telediarios se llevará toda la audiencia porque para cuentos chinos que nos los cuenten los profesionales.
De la civilización a la anarquía más absoluta distan tan sólo siete comidas. Si no conocías este dato apúntatelo para cuando veas la despensa vacía y sólo tengas un limón seco en el frigorífico. Siete comidas diferencian a un ciudadano modélico, como tú o como yo, de un enloquecido salvaje que a golpe de barra de hierro irrumpe en una panadería para llevarse un mendrugo de pan a la boca y otro a la de sus hijos. Y esto no sólo lo sé yo, lo saben también los que mandan, los de verdad, esos que nunca aparecen en televisión pero que ya por suerte estamos empezando a sospechar por donde pueden estar escondidos. La mayor enseñanza que de la Francia de 1789 sacaron los poderosos es que si nadie conoce tu cara tampoco te la podrán separar del cuello el día que busquen a los culpables del fracaso del sistema y del triunfo de la miseria.
Y aún así seguirá perdurando la vida en el planeta porque no somos más que un instante en la historia, porque pasará esta crisis y las que están por venir, y el siglo XXI llegará a su fin, y los problemas seguirán existiendo, cada cual derivado de sus propias circunstancias. Posiblemente se descongelen los polos y nos tengamos que ir a vivir a las tierras altas del interior. Quizá nuevos cambios geológicos modifiquen el perfil del planeta. Quizá llegue el hombre a Marte. Y seguiremos destrozándonos el uno a al otro, seguiremos pisándonos por nuestro color, o por la razón que sea, favoreciendo a unos y condenando a otros porque así estamos constituidos y así quiso el azar evolutivo que fuéramos: estúpidos y desmemoriados.