6 feb. 2013

HASTA SIEMPRE AMIGOS



 
Tenía yo seis años en noviembre del año mil novecientos ochenta y dos cuando llegué a España de la mano de mis padres, un matrimonio de jóvenes andaluces emigrados a Bélgica que habían decidido, por fin, regresar a su tierra. Habían decidido volver para poder hacer la vida que deseaban, y no habían podido tener años atrás. Volver para brindar a su hijo todas las oportunidades que aquella nueva España les prometía.
Hoy, treinta años después, vuelvo a andar aquella misma senda que mis padres hicieran en la España del blanco y negro, del azul dentro y del rojo fuera. De las despedidas en los andenes de las estaciones de tren, en los puertos y en los corazones de las familias. Hoy, con treinta y seis años me ha tocado a mí hacer las maletas, despedirme de mis amigos y familiares y emprender el camino de la emigración.
Han cambiado mucho las cosas, ya lo creo. Nada es igual y esto corre a mi favor. Hoy los que nos vamos somos los hijos de un sistema que duró los suficiente para facilitarnos una educación de calidad al mejor nivel mundial. Los que nos vamos lo hacemos haciendo valer nuestra formación e intelecto por encima del valor de nuestras manos y espaldas. Nos vamos sabiéndonos la vanguardia cultural de un país que durante treinta años vivió con tremenda ilusión y rapidez. Un país que casi consiguió mirar a los ojos a sus miedos de antaño, a sus vecinos más arrogantes y poderosos, que quiso arrinconar los tópicos folklóricos, los caciques terratenientes y a los privilegiados de rancio abolengo, a la iglesia, a los señoritos de pelo engominado, a los oligarcas…  Que quiso sí, que quiso pero que no pudo.
Aquellos países que históricamente nos abrieron las puertas durante el siglo XX vuelven a hacerlo hoy. Y, como yo, cientos de miles, quizá millones de jóvenes españoles estableceremos nuestro hogar, siempre añorante, lejos de los que tanto queremos, pero lejos también de aquellos que nos  han obligado a irnos, de los que como ladrones oportunistas con trajes que no han pagado han violado la confianza de un país ilusionado. Lejos de estos asquerosos que debían de ser marcados en la frente con la marca de la vergüenza, de la avaricia y de la traición.
Han cambiado muchas cosas sí. Esta nueva ola migratoria  sólo se asemeja a la pasada en las emociones, en el dolor y en toneladas de abrazos de padres y madres que se quedarán huérfanos en los andenes de las estaciones y lo aeropuertos.  Pero qué será de España cuando nos hallamos ido, ¿nadie se ha parado a pensarlo aún? ¿Cómo se amortizará el tremendo gasto educativo que ha supuesto nuestra educación privilegiada, que ahora beneficiará a los países que nos acogen y que nada gastaron en nuestra formación? ¿Con qué mimbres se tejerá la tan deseada recuperación económica? ¿Quién será la fuerza que de hálito a las empresas, a las industrias, a la vital investigación, que saque del agujero en el que están las esperanzas de nuestros padres y su promesa de jubilación?
Lamentándolo mucho, le paso el testigo a quién quiera recogerlo, porque yo me marcho. No se levanten, no es necesario, sé bien donde está la puerta.
¡HASTA SIEMPRE AMIGOS!

2 feb. 2013

QUIERO A MI BATIDORA 3.0



¿Qué tengo doctor?
 
No creo que sea el único al que le pasa, pero estoy un poco preocupado. Por las mañanas me levanto casi con miedo de encender la televisión o la radio, de revisar mi Twitter, y por supuesto de ojear los titulares de la prensa diaria, sean del color que sean y cojeen de la pierna que cojeen.  Pero el masoquista chungo que llevo dentro me obliga, me instiga, y al final enciendo la televisión, sintonizo la emisora de siempre, ojeo el Twitter y acabo sentado sobre mis propios ánimos pasando con desesperación los titulares de la prensa buscando, estúpidamente, aquella noticia tonta diaria; “Un perro portugués le ha salvado la vida a un gato sin pelo”. O algo de similar trascendencia, porque es lo único que me recuerda que hay vida después de este esperpento al que, día a día desde hace años, estamos invitados a sufrir como estatuas de carne al que caníbales cercenan partes sin que nos podamos defender, sin aspiración siquiera a réplica, y cada día con menos esperanza de que, de alguna forma milagrosa, la cosa cambie.
¿Qué tengo doctor?
Si fuera 7 de enero el doctor me diría que ese penar que tengo es sin duda la resaca de las fiestas, que estoy empachado de dulces, de jamón y gambas, de turrones y vinos, de regalos, fiestas y buenos deseos. Que esto no es nada y que con unos días de dieta ligera y unos paseítos diarios por el campo todo volverá a la normalidad… Pero no hace más de un mes que se fueron las navidades y realmente tampoco fueron tan excelentes como para sufrir depresión postvacacional. Le echamos buena cara sí, como casi todos los años, pero el jamón se olió poco y las gambas de lejos. Tampoco los Reyes Magos fueron muy generosos y los deseos fueron más esperanzas que desiderios de un futuro halagüeño. No doctor, no estoy empechado de comer. Aunque coincido con parte de su diagnóstico, estoy empachado sí, pero de realidad.
Empachado de realidad doctor, y no encuentro el bicarbonato que me haga digerir este sapo que tengo de okupa en las tripas. Todo me duele, me indigna, me avergüenza y me hace más y más descreído, si es que esto fuera posible.
¿Pero sabe doctor cuál es mi miedo real? No tengo miedo de que descubran más escándalos, más corruptelas, más sobornos, sobres, cuentas en suiza… porque alguien ha destapado la caja de pandora y esto va a ser una merienda de negros a la que todos aguardamos con los cuchillos recién afilados. Doctor tengo miedo a eso que llaman ustedes “infección oportunista”. A esas infecciones que nos atacan sólo cuando estamos más débiles y vulnerables, cuando estamos fatigados, cuando no sabemos ya por dónde nos van a dar el palo. Y tengo miedo porque seguro que hay muchos de estos hijos de puta a los que ya ahora podemos poner nombre y apellidos que están preparando su ataque, su guerra relámpago. Su invasión sistémica con la bandera de la dignidad, de la integridad, del trabajo bien hecho, del patriotismo más chusco y sin sentido, de la unidad de una nación solo unida por la corruptela de las estructuras políticas. Tengo miedo porque todos estamos ya hasta las narices de aguantar, pero no todos tendrán la cabeza fría para detectar a ese lobo con piel de cordero que piensa hacerse un traje nuevo con nuestros pellejos.
Doctor, ¿hay alguna vacuna para esto? AHH! Que sí la había, pero claro, con los recortes la han quitado. ¡Suerte a todos!