2 feb. 2013

QUIERO A MI BATIDORA 3.0



¿Qué tengo doctor?
 
No creo que sea el único al que le pasa, pero estoy un poco preocupado. Por las mañanas me levanto casi con miedo de encender la televisión o la radio, de revisar mi Twitter, y por supuesto de ojear los titulares de la prensa diaria, sean del color que sean y cojeen de la pierna que cojeen.  Pero el masoquista chungo que llevo dentro me obliga, me instiga, y al final enciendo la televisión, sintonizo la emisora de siempre, ojeo el Twitter y acabo sentado sobre mis propios ánimos pasando con desesperación los titulares de la prensa buscando, estúpidamente, aquella noticia tonta diaria; “Un perro portugués le ha salvado la vida a un gato sin pelo”. O algo de similar trascendencia, porque es lo único que me recuerda que hay vida después de este esperpento al que, día a día desde hace años, estamos invitados a sufrir como estatuas de carne al que caníbales cercenan partes sin que nos podamos defender, sin aspiración siquiera a réplica, y cada día con menos esperanza de que, de alguna forma milagrosa, la cosa cambie.
¿Qué tengo doctor?
Si fuera 7 de enero el doctor me diría que ese penar que tengo es sin duda la resaca de las fiestas, que estoy empachado de dulces, de jamón y gambas, de turrones y vinos, de regalos, fiestas y buenos deseos. Que esto no es nada y que con unos días de dieta ligera y unos paseítos diarios por el campo todo volverá a la normalidad… Pero no hace más de un mes que se fueron las navidades y realmente tampoco fueron tan excelentes como para sufrir depresión postvacacional. Le echamos buena cara sí, como casi todos los años, pero el jamón se olió poco y las gambas de lejos. Tampoco los Reyes Magos fueron muy generosos y los deseos fueron más esperanzas que desiderios de un futuro halagüeño. No doctor, no estoy empechado de comer. Aunque coincido con parte de su diagnóstico, estoy empachado sí, pero de realidad.
Empachado de realidad doctor, y no encuentro el bicarbonato que me haga digerir este sapo que tengo de okupa en las tripas. Todo me duele, me indigna, me avergüenza y me hace más y más descreído, si es que esto fuera posible.
¿Pero sabe doctor cuál es mi miedo real? No tengo miedo de que descubran más escándalos, más corruptelas, más sobornos, sobres, cuentas en suiza… porque alguien ha destapado la caja de pandora y esto va a ser una merienda de negros a la que todos aguardamos con los cuchillos recién afilados. Doctor tengo miedo a eso que llaman ustedes “infección oportunista”. A esas infecciones que nos atacan sólo cuando estamos más débiles y vulnerables, cuando estamos fatigados, cuando no sabemos ya por dónde nos van a dar el palo. Y tengo miedo porque seguro que hay muchos de estos hijos de puta a los que ya ahora podemos poner nombre y apellidos que están preparando su ataque, su guerra relámpago. Su invasión sistémica con la bandera de la dignidad, de la integridad, del trabajo bien hecho, del patriotismo más chusco y sin sentido, de la unidad de una nación solo unida por la corruptela de las estructuras políticas. Tengo miedo porque todos estamos ya hasta las narices de aguantar, pero no todos tendrán la cabeza fría para detectar a ese lobo con piel de cordero que piensa hacerse un traje nuevo con nuestros pellejos.
Doctor, ¿hay alguna vacuna para esto? AHH! Que sí la había, pero claro, con los recortes la han quitado. ¡Suerte a todos!

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