9 abr. 2012

QUIERO A MI BATIDORA 2.0



Yo hago, tu haces, el… ¿mira?


Hace algunos meses, en mi última visita a México con motivo de la celebración del seminario Cómo vivir la Ética de la Fundación Ética Mundial de México, charlaba con los alumnos de secundaria de un instituto de la ciudad de Toluca sobre la importancia que nuestras acciones ejercen sobre los demás. Si pensamos en esto de una forma rápida y poco rigurosa lo primero que nos viene a la mente es aquella frase bíblica tan manida de “No desees para tu prójimo lo que no desees para ti mismo”. Esto no es un mal comienzo, pero nuestra vanidad nos hace creer que aquellas acciones que ejercen alguna influencia sobre los demás son exclusivamente las que ejecutamos con esa intención, ya sea por acción o por omisión. Me explico. Sólo afecta a los demás lo que yo quiero que les afecte porque así soy de chulo. A poco que lo pensemos un poco nos daremos cuenta de que esto es de una simpleza enorme, y más si determinamos la acción como fundamento de una buena conducta, una buena educación o buenos modos. Pensar así es lo que justifica que hagamos las cosas mal a sabiendas cuando nadie nos ve, o peor aún, cuando no reconocemos en el otro a nuestro igual o, aún peor, cuando ni siquiera somos capaces de darle al otro esa categoría, la de “otro”, ¿Acaso se privará un miembro del Ku Klux Kan  de escupir al suelo delante de un niño negro? ¿Y si fuese su hijita blanca y estuviese en el salón de su casa? Esto es una influencia por acción u omisión directa y ejecutada desde una voluntad activa.
Pero nuestras acciones afectan y trascienden de una forma mucho más amplia escapándosenos a nuestra limitadísima capacidad de percepción espacio-temporal. Podemos controlar la horizontal con una limitación visual de unos 130º pero no solemos prestar mucha atención a la vertical por encima de la altura de nuestras narices, y si hablamos del control de nuestra temporalidad mejor nos echamos un rato a reflexionar y como diría Agustín de Hipona “Si nadie me lo preguntan lo sé; pero si quiero explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé.” Nuestra capacidad para determinar nuestra temporalidad se limita al instante preciso en el que miramos el reloj y el siguiente en el que, o ya olvidamos la hora que era, o ya debemos volverlo a mirar porque estimamos que ha pasado demasiado desde la última vez como para poder vivir sin la angustia de no saber en qué momento vivimos.
Hablando sobre estas cuestiones y sobre la responsabilidad innata de nuestras acciones me preguntó una alumna: ¿De qué manera puedo yo influir en nadie si yo no soy nada para nadie, si apenas tengo nueve amigos en Facebook y sólo me hablo con tres? Amén de la tremenda ternura no cabe duda que esta pregunta había salido de su boca con un gran esfuerzo de valentía y arrojo, ya que sabía que más de una risa se oiría al concluir. No recuerdo ya su nombre pero es un reto contestar a alguien que más que una pregunta te está pidiendo ayuda. No recuerdo tampoco cuales fueron mis palabras exactas, ni el tono de mi voz ni de la suya, ni siquiera recuerdo su cara, sólo recuerdo su pregunta como un guante lanzado por una adolescente que no es capaz de encontrar su lugar. Le pregunté por su familia, por el lugar que ella ocupaba en su casa. Me dijo que era la mayor de sus hermanos, la única que había llegado al último curso del instituto. Sin duda le dije que su simple ejemplo era una guía para sus hermanos y que seguramente en su casa sería el referente intelectual cuando alguien no supiera algo. Pero claro con dieciséis o diecisiete años esa respuesta no valía ni para ponerla de estado en su Facebook porque sabía que nadie le daría al “me gusta”. No, así no me convencía ni a mí mismo aunque fuera verdad, aunque a otras muchas personas eso le sería más que suficiente. ¿Cuántas personas en este salón se sienten identificadas con la pregunta de su compañera?, pregunté, y más de veinte adolescentes levantaron las manos. Fíjate, tu valentía al preguntar y sincerarte, lejos de ser motivo de risa, ha influido en tus compañeros, sin proponértelo te has convertido en un referente. ¿Ves?, ya no podrás decir que no eres nada para nadie.

Pero esto es trampa de perro viejo. La primera respuesta era la buena, la otra sólo consiguió hacerla popular unos segundos, en un salón de actos, en la ciudad de Toluca, México.

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