30 nov. 2009

QUIERO A MI BATIDORA VI


Lo primero que se enciende al llegar al hogar. (2ª Parte)

No me digas que no tienes un televisor de plasma de veinte mil pulgadas, dolby subtonto, decodificador mamalógico y cinco mandos a distancia sobre el sofá. Sí, sí, ¡cinco! Y a todos se le sale la tapita de las pilas y le acabas pegando, como buen chapuzas, un pedazo de fixo, fiso, fizo, desafín o como carajo se diga... ¡Pues si no lo tienes te estás tardando en comprarlo! Porque de eso se trata ¿no?, de que lo compres, de que no te diferencies de los demás, de que no tengas criterio propio, de que no te compres las cosas porque realmente quieres y te sale del alma hacerlo si no porque todo el mundo lo hace y, comprándolo, serás más igual que todos, más igual incluso que aquel vecino al que siempre pones verde en casa cuando ya no sabes de qué hablar y te molesta el silencio... ¿Te molesta el silencio? Entonces ya empezamos a descubrir algunos síntomas de tu problema. Sí, tienes un problema aunque no quieras reconocerlo.

Ya hemos dicho qué es un hogar, y te recuerdo que se define por los seres humanos que en el moran, no por la calidad de sus materiales o por el número de adminículos estúpidos que seas capaz de meter dentro. Un hogar son los que lo forman, te repito, y no es necesario que pongas un azulejo en la puerta con una frase ingeniosa, o que le pongas nombre a tu adosado como si de una finca ganadera se tratase. Tampoco es necesario diferenciarlo cambiando la puerta de entrada del patinillo... no te molestes, pronto todos tus vecinos habrán puesto una igual o (¡Oh maldición de los dioses lares!) mucho mejor que la tuya. Un hogar no es más hogar que otro cuando al comprarlo le cambias todos los azulejos del baño, cambias los sanitarios y escondes el mármol que, dolorosamente pagarás en treinta años, para poner una tarima flotante que en verano mancharás con la grasa de los pies. Eso no es un hogar, eso es hacer el imbécil llevado por la falsa euforia de personalizar una vivienda que aún no has hecho tuya...¿Cuánto ha subido tu calidad de vida al tirar un vater que ni siquiera habías bautizado, pero que sí estás pagando? Reconoce que has hecho el idiota, no es un mal consejo, y verás que dormirás más tranquilo aunque jamás estés libre de volverlo a repetir. Así somos.

Y es que somos lo que somos y eso no lo podemos ignorar. Somos animales a los que se nos presupone cierta racionalidad, pero eso, como tú sabes igual que yo, aún está por ver en la mayoría de los casos. Pero si algo nos diferencia sustancialmente de otros animales es nuestra capacidad adquirida de usar un lenguaje articulado, de hablar y de expresar nuestras sensaciones, ideas, etc... Que curioso verdad, siempre decimos que nos diferenciamos porque podemos hablar. ¿Pero no es igual de necesario para hablar escuchar? ¡Uf! ¿Nos estamos metiendo en camisa de once varas verdad?
Escuchar se está convirtiendo, cada vez más, en una práctica en vías de extinción. Como leer y razonar lo leido, que no es más que escuchar con los ojos. Y es que cada día es más difícil escuchar porque creemos que es más interesante lo que tenemos que decir. Nos creemos la medida exacta del mundo, el referente a imitar por todos. Nos creemos con la razón absoluta de las cosas y sin escuchar a los demás imponemos nuestro criterio. Yo el primero. Pero convivimos con un grave error que nos impide escuchar. Alguien nos hizo creer que todos podíamos dar nuestra opinión, que nuestra opinión era igual de respetable que la de los demás, pero esto es mentira. Así que ahora todos opinamos, pero ninguno escuchamos porque ya no sabemos diferenciar al que realmente tiene que darnos su opinión del tonto que como un papagayo siempre dice las mismas idioteces.
No te confundas, he dicho lo que has leído, reléelo si lo necesitas.

...To be continued.

No hay comentarios: