11 feb. 2010

QUIERO A MI BATIDORA IX


Nos gusta sufrir (2ª parte)

"Y siguen las madres y los padres luciendo machaconamente el bello plumaje de la vanidad vacía y sin sentido de mostrar a sus hijos como muñecos. Y siguen los hijos sufriendo las consecuencias sin saberlo... ¡Hijos míos, qué futuro más cabrón os espera!"

¡Uf! ¡Qué fuerte sonó eso verdad!, pero párate a pensar y recuerda el cuento que empecé a contarte sobre aquel pueblo muy chico muy chico. ¿Lo recuerdas? Aquel donde las madres llevaban y traían a sus hijos de preescolar en coche aunque vivieran a cincuenta metros de la escuela. ¿Lo recuerdas verdad? Las unas luchaban con las otras por ver quién era capaz de gastarse más dinero en ropa, en mochilas, en adminículos estúpidos para sus dormitorios como televisores, video consolas, lectores de DVD y demás trastos que de poco o nada van a beneficiar a un niño que lo que tiene que hacer es jugar con sus amigos en la calle, imaginarse siendo un aventurero, cansarse de correr y de saltar por las aceras y las plazas y, ya en casa, escuchar como sus padres les leen cuentos y les ayudan a aprender a leerlos a ellos... claro que para eso hace falta saber leer y, además, querer pasar tiempo con tu hijo.

Esto es lo que muchos no han entendido, esto es lo que los no-vivos jamás entenderán. Tener un hijo no es tener un objeto más en la casa que se pueda lucir. Tener un hijo es, amén de la consabida responsabilidad; un sacrificio. Tener un hijo es cerrar una etapa de tu vida y abrir otra que no cerrarás, con suerte, hasta dentro de treinta años. Es dejar de mirar por uno para mirar por otro que no tiene más que a ti para que lo mires. ¿Entiendes lo que digo? Creo que aún no lo has pillado. Tener un hijo es supeditar su vida a la tuya manteniendo la suficiente distancia para no asfixiarlo, para no distorsionarlo, para no convertirlo en una copia burda y bizarra de lo que crees que deba ser el niño perfecto, y si así lo crees cómprate un perro que con suerte en diez años estará muerto, y no le habrás destrozado la vida a nadie.

Un hijo no es una obligación, y no lo es porque nadie obliga ya a nadie a tenerlo si no quiere. ¡Nadie te ha obligado, recuérdalo!, y hazme el favor de no actuar como un mojigato que cree que los niños vienen de París y hay que tener tantos como la providencia quiera, hazme el favor y no jodas con esos razonamientos que ya somos mayorcitos para estas cosas. Los hijos no son una obligación, repito, son una vocación. Uno debe desear tenerlos y debe desear sacrificar su vida, su tiempo, sus costumbres, su narcisismo y su mediocridad en post de validar esa vocación, de hacer de su hijo un ser humano vivo y cabal, porque la buena educación y mediocridad no casan en una misma frase.

Pero las madres y padres del cuento no lo habían entendido. Y nunca quisieron oír hablar de sacrificio, de renunciar a sus gustos y costumbres. Y allí donde hay una algarabía allí que van con sus hijos en carritos de ruedas, en brazos o a rastras. No faltan en las ferias, en las veladas, en las bullas de Semana Santa madres y padres de madrugada dando mala vida a sus hijos con tal de no perder ni un ápice de lo que ellos creen que es felicidad, divertimento, vida social, o la siempre mal usada expresión contrahecha: calidad de vida.

A esos padres les llegó una carta de la directora del centro, una carta que bien pudiera ser un aviso para navegantes o una premonición. Estimados padres: Vistan siempre a sus hijos con el babi blanco reglamentario. Nada de zapatos con cordones, ni ropa que les impida moverse, ni de mochilas, los niños deben llevar una bolsita de tela para sus libros. Los niños no deben tener televisión en su dormitorio y menos verla solos y escojan bien la programación que verán con ellos. Tutelen el uso de internet. Procuren cuidar su lenguaje y su comportamiento ante ellos, pues se están dando casos de promiscuidad y mal lenguaje en las aulas.

¿Aún sigues sin entender de qué va el asunto? No te preocupes, amenazo con seguir sobre el tema.

To be continued.

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