28 abr. 2011

UTRERA 2011 / QUIERO A MI BATIDORA


¿Cómo saber la verdad?


Preguntar a un filósofo si la verdad existe es como preguntar a San Manuel Bueno, el mártir de Unamuno, si Dios existe. De cara a la galería afirmará la mayor ofendido por el mero hecho de la pregunta. “¿Cómo te atreves tan sólo a cuestionarte su existencia?”. Pero en la intimidad de la sacristía no hará más que cuestionarse qué sentido tiene el afirmar algo que, en el fondo, y no tan en el fondo, no tiene demasiado claro que exista o no, y sobre todo, que aun existiendo sirva para algo.
La verdad, tal como los ingenuos se lo plantean es una cosa, una entelequia, que flota como la espuma de un café capuchino sobre la leche caliente, que somos todos. La verdad es una idea metida en nuestras cabezas no se sabe bien por quién o qué atajo de aburridos aristócratas holgazanes del pasado y que, ya sin remedio, se ha instalado en ese apartado de las necesidades de nuestro espíritu (otra de esas cosas que también está por ver), como el Tuenti para un quinceañero o como el tinte para las presumidas cincuentonas.
Pero la verdad es algo tan intangible y poco mensurable que, sin que nos lo cuestionemos lo damos por cierto y, cuando nos paramos a pensar, siempre acabamos buscando una excusa que culpe a otro por nuestra incapacidad de saber qué narices sea la verdad.
Hace unos días, comulgando en mi parroquia a golpe de tostada jamonera y café con leche fría (ya me resigné a no pedirlo templado porque no gano para quemaduras), me dijo mi confesor que ahora era más feliz (otra palabrita con mucha guasa). Estaba contento, o más bien parecía estar más aliviado que contento.
En el bar en el que suelo desayunar todos los días, aquí, en mi pueblo, han dejado de ver las noticias por la mañana. Y ahora son más felices.
Esto, que podría parecer una broma, o un chiste flojo, es tan real como que se me está llenando la barba de canas. Y lejos de parecer una banalidad, o un chascarrillo mal intencionado por mi parte, reconozco que hay mucho de eso que algunos llaman verdad en esta aseveración.
Nosotros, los humanos, somos unos animales, unos más que otros, que deseamos encontrar la verdad allí donde creemos debe presentarse. Pero los medios de comunicación apestan, unos más que otros, pero eso ya casi ni importa mucho. Ahora donde uno dice negro, el otro lucha por el blanco. Si un  juez condena unos aplauden y otros ven conspiraciones ocultas. Si un político es corrupto los suyos lo rodean con cariño y los otros buscan leña para quemarlo vivo. Todo es un tira y afloja,  un tú mientes al decir que yo no digo la verdad. Así, que va ser cierto eso de que al dejar de ver las noticias en la televisión se vuelve uno más feliz, sea lo que sea eso a lo que llaman felicidad. Porque si de esta estúpida lucha de verdades y mentiras fuésemos capaces de encontrar aquella verdad que más nos sirviera para desarrollarnos y ser mejores, creo que todos estaríamos conformes con el sacrificio. ¿Pero de qué sirve? A nosotros de nada, a los dueños de las cadenas de televisión para enriquecerse, a los políticos para hacernos creer que hacen algo con el dinero de nuestros impuestos. A los periodistas para enfermarse y no poder levantar la cabeza con orgullo por un trabajo bien hecho. Y a la realidad del ser humano para estancarnos en un no se sabe qué, en un desasosiego que nos hace no estar cómodos, no creernos nada, no aceptar nada por miedo a que nos engañen, a desconfiar de los demás y nosotros mismos.
Va siendo el momento de hacer algo antes de que no podemos mirarnos en los espejos.

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