4 nov. 2012

QUIERO A MI BATIDORA 3.0



Almas de cortijero.


Nací hace algo más de treinta y seis años en un pueblo industrial de Bélgica. Yo no nací en España como la mayoría de los, y las,  que ahora me pueden estar leyendo. Yo descubrí Sevilla en el año ochenta y dos cuando los mundiales de futbol, aunque ese no fue el motivo real de mi llegada. Vine en ese año porque cumplía los seis y mis padres querían que comenzara la EGB en España con los míos. Pues mis padres, como otros muchos miles, fueron de aquellos que tuvieron que salir corriendo para quitarse el hambre de encima.
Yo nunca fui belga. Siempre fui el pequeño español y una vez aquí, durante algún tiempo, fui el belga. Porque el hijo de la inmigración es hijo de sus padres, pero no forzosamente de allí donde nace, o donde lo llevan.
Soy hijo de una tradición milenaria de la especie humana. Hijo de aquellas personas que entendieron que ante grandes males, grandes remedios. Pero que ningún imbécil piense que irte de  allí donde vives y abandonar todo lo que conoces es un plato de buen gusto, habrá para los que sí, pero no son, ni de lejos, una muestra significativa. Sin el azote de la necesidad el ser humano no habría salido jamás de las sabanas africanas primigenias, allí donde aseguran los prehistoriadores que aparecieron los primeros homínidos. Sin el acicate del hambre, de la desesperación y del luchar por el futuro de nuestros hijos el animal humano no habría atravesado tundras heladas, océanos desconocidos, ni se habría mestizado, no habría evolucionado como la especie diversa y rica que ahora somos, aunque haya muchos cretinos que reivindiquen aún la pureza de su raza… ¿Acaso son Neardenthales o extraterrestres? ¡Gilipollas es lo que son todos sin duda!
Pero el mayor dolor del que se tiene que ir no es el hecho de la partida en sí, eso puede ser ilusionante. El sufrimiento es saber que te vas por la estupidez de otros. Saber que eres el chivo expiatorio de la avaricia de un grupo de privilegiados que jamás sabrá de tu existencia y que, desengáñate, no le importas nada en absoluto. Irte así es irte porque te echan, y eso es sentirte traicionado, sentirte prescindible, sentirte poco más o menos que un juguete roto y utilizado.
A más de diez millones de personas  (y si la cifra no te gusta invéntate tú la que te dé la gana) de este país se le ha pasado ya por la cabeza la posibilidad real de hacer las maletas y largarse. Un millón de universitarios titulados de entre veinte y tres y cuarenta años están en paro en este gran lodazal de la desesperación que es España, y esta cifra sí que no la puedes maquillar.
Y los cerebros se irán, los hijos de la democracia más inteligente, aquellos a los que sus padres los incentivó a seguir estudiando, a sacrificarse, se irán. Y España se quedará babeando como un desdichado enfermo de parálisis cerebral, porque eso será España dentro de pocos años. Aquí quedarán los que nada pueden conseguir fuera, ¿y qué harán dentro? ¿Cómo podrán levantar un país que lo que realmente necesita es inteligencia, investigación, desarrollo…?
¿A nadie le apena esto? ¿Ningún político se ha dado cuenta de lo que está pasando? ¿Acaso estoy equivocado? ¿O es que vuestras almas de cortijero no os permiten ver una realidad ya insostenible? Cortijeros vestidos de mercadillo, cortijeros descerebrados, cortijeros de sopa de sobre y chaqueta cruzada en Semana Santa, de pendientes de plástico en Feria, de boto del Carrefour en el Rocío… pero cortijeros… recordad “El mañana efímero”.

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